12 de Mayo de 2005
Ha estado toda la noche lloviendo lágrimas de cielo roto. Los rayos herían los corazones de nubes cargadas de pérdida, de desprecio. Nubes que lloraban y en su desdicha alimentaban los campos sedientos. Nubes que, traspasadas de dolor, rugían intentando liberarse de la carga que las hacía esclavas. Poco a poco sus gritos se tornaban ecos lejanos y mansamente, como el que acepta la derrota, descargaban su dolor transformándose en placer infinito de campesinos desesperados. Llanto de cielo, esperanza del que camina. Esta mañana ha amanecido en calma, la calma tras la tormenta. El olor de la lucha se ha transformado, un día más, en olor de vida. Cora me mira impaciente desde el alféizar de la ventana. Me he acomodado a Cora, siempre está junto a mí respondiendo con su mirada, con sus caricias, con sus labios empapados de amor. La tierra húmeda la llama con una voz queda que la invita a pasear, a danzar sobre esa alfombra que ha preparado para ella, tierra ablandada, corazón lavado. Inusualmente hoy el campo se ha vestido de gente. Quizás estén ahí todas las mañanas y desde mi abismo de soledad no les haya visto, no les haya oído, no les haya sentido como ramas del camino, ramas como yo. Una señora se detiene junto a Cora, acaricia su lomo, se detiene en las antiguas cicatrices y sonríe. -Bonito perro-dice. Su sonrisa me invita a la confianza, sus ojos traspasan la armadura de la que voy investida. Nuestras almas conectan en una dimensión desconocida para mí. Quizás sea la soledad que imprime un sello de amargura, pero ella no parece sola. Apenas cruzamos un saludo amable pero nuestros pasos armonizan sus ritmos. Cora se sitúa entre ambas, es el lazo de unión. Poco a poco voy desgranando mi alma, algo hay en ella que me invita a hacerlo. Le hablo de mis hijos que están demasiado lejos, de María... ella apenas pronuncia palabra. Sabe escuchar, mis labios se desatan con una suavidad que no existía en mí. Hablo despacio, recreándome en mis sentimientos, en mis recuerdos, en mi vida que ahora comparto con alguien que siento próximo a mí, alguien de quien desconozco todo, hasta su nombre pero es como si las dos hubiésemos unido sino y camino. Quizás mañana no exista, quizás haya desaparecido o quizás las dos estemos predestinadas a compartir paseos con Cora por la mañana. El tiempo lo dirá y aunque esté unos días fuera, si los dioses quieren, nos volveremos a encontrar.
Me voy de viaje con mi hijo y con María. Un fin de semana de sol, de espuma y arena. Un fin de semana de goce eterno, los tres y Cora, porque Cora va a conocer el mar. Él no viene, se ha lavado la conciencia con excusas inertes. Ni siquiera su nieta le devuelve el brillo de ojos que un día me enamoró. ¿Por qué ha dejado de sentir? ¿Qué es lo que siento yo? Hoy da igual, mañana voy con María al mar.
2 comentarios
Comella -
LeeTamargo -
LeeTamargo.-