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SOLEDAD

SOLEDAD Hoy nos volvemos a encontrar, ya han pasado algunos días desde que decidiste decirnos adiós pero sabía dónde busacarte. Me imaginé que te habían traído aquí a este mar tan tuyo y tan nuestro donde cada uno por separado y todos juntos pasamos tan buenos ratos.
Este mar que me enseñaste cuando apenas contaba dos años. Nunca lo había visto, no vivíamos juntos, mis padres no tuvieron tu suerte y se alejaron de aquí. Ese verano no recuerdo por qué fuimos a verte y yo me quedé contigo, con vosotros.¡ Cómo te reías cuando corría alejándome de las ola gritando : Me pilla y me mojo ! Ese fue el inicio de una serie de veranos que me marcaron para el resto de mi vida. La mar se apoderó de mí. Tu hiciste que fuera una necesidad estar cerca de ella. Olerla como se huele a un amante. Sentirla como una caricia que suavemente te roza la piel, caricia que penetra en tí cada vez más intensa, más sensual.
Cuando me alejaba de ella, sentía un vacío que sólo se aliviaba con la esperanza que el año pasara rápido para volver. Gracias a tí pasé los mejores momentos de mi vida. La mar fue testigo de mi madurez. Ella, con un ruido silencioso, me acompañó aquel día en que me sentí más mujer. Todas estas sensaciones, todos estos recuerdos te los debo a tí. Quizás nunca los supe expresar, nunca llegué a agradeceros esas tardes de paseo en la lonja, viendo los peces espada, los marrajos, aquellas cigalas que se retorcían en sus cajas, el olor a mar tan intenso. Los paseos por el espigón y tus reuniones de pescadores en la taberna, siempre me dejaste acompañarte; allí en un rincón agazapada para no molestar me refugiaba y oía toda clase de historias sobre monstruos y tempestades, pero lejos de asustarme, cada vez estaba más entusiasmada. Cada día me sentía un poco más cerca de todos vosotros . Las noches se me aparecían como interminables aventuras contigo en una mar embravecida, luchando contra todos los elementos y venciéndolos, siempre venciéndolos. Ella nos esperaba tras cada aventura en la bocana del puerto saludando con un pañuelo azul, ondeándolo al viento y una taza de chocolate humeante en casa. Ese era el olor que siempre me despertaba, el chocolate, ese chocolate que dejé atrás junto con mi niñez.
Luego vinieron los niños, tus hijos, casi mis hermanos. Aún así no cambiaron mucho las cosas, yo seguía siendo tu talismán y tú mi héroe para siempre. Cambió tu suerte, la diosa fortuna te sonrió conseguiste todo aquello que habías soñado, todo por lo que habías trabajado. Los hijos crecieron y se fueron alejando, atrás quedaron largos años de lucha. Ninguno quiso seguirte. Yo lo hubiera hecho, pero eran ellos los que debían, yo no me atreví. Seguían visitándote. Cuando podían se escapaban del asfalto para poder respirar. También ellos necesitaban la mar pero cada vez menos. Aprendieron a respirar el aire enturbiado de las ciudades, se acomodaron en sus vidas prefabricadas y se fueron alejando lentamente de todo lo que para tí era vivir. A pesar de ello todos volvían alguna vez, todos menos ese que se transformó en tu cruz, en vuestra cruz. Él no volvió a aparecer.
Pasó el tiempo, ella enfermó. Toda tu vida empezó a zozobrar. Con cada amanecer se iba alejando mar adentro sin un resquicio de retorno. Un día ella por fin dijo adiós, para tí comenzó la faena más dura: vivir sin ella. No pudiste, solo, deprimido, apartado de toda realidad ahogaste las ganas de continuar.
Quisiste irte sin un adiós. A todos nos cogió por sorpresa. Muchas veces lo anunciaste mas nunca te creímos. Perro ladrador poco mordedor, pensábamos. Hacía mucho tiempo que no hacías otra cosa que ladrar, por eso creímos que no ibas a morder, pero qué triste mordida nos diste a todos. ¡ Tú no! De tí nadie se lo podía esperar. ¿ Por qué lo hiciste? ¿ Por qué?
En el fondo todos los que te quisimos conocemos la respuesta. La soledad pudo contigo. Desde que ella se fue no tenías ganas de vivir. Con ella, parte de tí se marchó. Ya no te quedaba aliento, esperanza ni siquiera algo de alegría para compartir. Te negaste a regresar. Nunca más pisaste las suaves arenas que rodean este nuestro mar. Desde aquel día su aroma fue un extraño para tí. Pero al negartelo a tí impediste que los demás pudiéramos sentirlo.
Hoy, delante de este rincón, miro las olas alejarse con tu memoria, solo como tus últimos días, pero no, yo no voy a seguir tus pasos. Aunque te pese, aunque no fuera tu deseo, Tú no desaparecerás. Todos te recordaremos y vivirás en nuestro pensamiento para siempre.
Te equivocaste, evitando los lugares en los que los dos fuisteis uno, y con los dos un nosotros. Arrinconando los sentimientos compartidos, no permitiendo nunca más que su nombre se pronunciara ante tí, así querías olvidar su ausencia, como si toda una eternidad pudiera desaparecer solo con no recordarla. Ella no te abandonó simplemente tuvo que marcharse. Seguramente lo que más le pesaba al partir era dejarte solo. Sabía que la melancolía se apoderaría de tí y que la soledad sería tu triste compañera. No lo pudo evitar, cuando las olas te reclaman no tienes opción. Te envuelven en su manto frío, te arropan y te llevan a un mundo nuevo que transmite paz, sosiego tranquilidad. Una calma lo inunda todo, te rodea y te sientes nacer. Los que conociste se quedan allá lejos, en la otra orilla. Tu intentas despedirte, darles un último aliento una bendición, un beso. Sabes que no te oyen, pero te pueden sentir.
-¡ Continúa, quizás vuelva!. Gritas, mientras un llanto ensordecedor te rodea. No me ha oído, piensas y te vas alejando.
El mar, la mar se interpone entre vosotros. Él lo sabe y por eso nunca más la volverá a ver. En ella se fue, su compañera, su vida y solo no quieres continuar. Ya no tienes por quién luchar. Tus fuerzas te abandonan junto a tus ganas de vivir.
Regresas a tu casa; aquella que fue vuestra casa y la nuestra, la de todos los que nos permitisteis entrar, vivir, sentir y compartir. Pero ya solo quedas tú. Solo tú sin recuerdos sin memoria sin nada que pueda hacerte sufrir.
Cualquiera que iba a verte, cualquiera que quería escucharte oía una y otra vez tu llanto lastimero, la negación de la vida, la tortura que suponía para tí seguir un día y otro y aún otro más. No te bastaba saber que te queríamos, que no eras una carga ni una obligación, era todo un placer poder oír aquellas historias que nos contabas: Tus años en la mar, las luchas titánicas, casi desesperadas para continuar a flote. El accidente, la guerra, tu triunfo, cuando quisieron secuestrarte y con tu temple y ese diálogo, tan tuyo, tan de todos, impidió semejante locura. Supiste convencerlos y se alejaron. Por eso hoy nos es tan difícil poder aceptar que no quisieras dialogar contigo mismo, seguro que te dabas una y mil razones para irte y quizás sólo una para quedarte. Pero esta razón se iba debilitando con el paso del tiempo. Si hubieras vuelto al mar, a la mar como la llamabas, entonces quizás hubieras tenido un algo por lo que continuar. Un algo que no supimos nadie darte. Tú estabas con nosotros pero tu corazón vagaba sin rumbo. Quizás desde tu sillón deambulabas entre las olas intentando encontrarla, verla aunque fuera en la lontananza. Pero su ausencia no era tu única cruz. Él no vino. Tu única esperanza era haberle visto por última vez. No quiso despedirse de ella y en el fondo, querías, ansiabas verlo por última vez, decirle adiós. Tal vez él podría haberlo evitado, o tal vez fuera esa la utopía a la que todos nos asimos para redimirnos de una culpa que quizás no fuera la nuestra. Por tí, por ella, por una unión que se rompió sin sentido, se que todavía, estés donde estés, te preguntarás cómo pudo llegarse tan lejos. Te hubieras puesto de rodillas suplicando un perdón que no tenías que pensar en pedir. Tú no tuviste la culpa, pero un hijo duele, y duele aunque sea él el que abandone, el que renuncie a su familia y a parte de sí mismo. Él también perdió, recuerdas, siempre nos decías que la familia éramos todos y cuando alguien se aleja todos nos dolemos. Nunca entendiste cómo él, tu hijo, decidió un día alejarse hasta el olvido. Precisamente ese, por el que tantas noches velaste. Ese por el que viajaste hasta el fin del mundo para curarlo. Ese que era tu ojito derecho. Ese del que lo esperabas todo, todo y no para tí sino para él mismo. Ese hijo fue tu desconsuelo fue vuestro desconsuelo. Todos vimos cómo ella se consumía esperando y cuando ella faltó la relevaste tú. Siempre con una esperanza oculta, como una luz que tenue brillaba en lo más hondo de ese pozo negro en que se había convertido tu existencia. Tenías otros hijos y a todos los querías. Ellos tenían sus familias, eran todo lo felices que la vida misma les permitía, todos con problemas pero todos hacia adelante. Pero ese hijo, ese que decidió huir de tu cariño, de ese, apenas sabías nada. Lo poco que conocías lo obtenías con mentiras y engaños. Era la única manera de conseguirlo. No te importaba, ante todo querías saber de él. Luego descubrió cómo hacerte daño, daño del modo más sutil que se le pudo ocurrir. Te escribía hiriéndote mortalmente con cada palabra que salía de aquella pluma cargada de veneno. Tú guardabas aquellas cartas. Las leías una y otra vez solo para ver su letra, para acariciar algo que era suyo. Con cada letra que leías brotaba de tus ojos una lágrima que terminaba en un llanto tan profundo como los abismos que tan bien conocías. Quizás ese llanto que podíamos ver los últimos meses no era tan importante como el que llevabas en tu corazón.
Todos creímos que se había vuelto loco. Nadie en su sano juicio podía hacer algo así. Si había roto contigo, con todos los que estábamos a tu lado, ¿por qué no desaparecía de nuestras vidas ? Tu sabías que ninguna persona rompe definitivamente de los suyos, siempre deja algún cabo al que poder sujetarse en caso de necesidad. Él lo había tendido y tu última esperanza era que ese cabo llegara hasta tí. Ahora, seguro, le hubieras dado aquello que tan injustamente te pidió, te exigió. Él nunca pedía, exigía aquello él creía suyo sin haberlo ganado. Hoy es dueño de todo, seguro que lo disfruta sin ningún remordimiento. Podrá disfrutar de lo material, pero jamás guardará esos recuerdos que nosotros llevamos, esos que tú nos dejaste como la más preciada herencia . Él podrá disfrutar de todo lo que pudiste conseguir luchando en la vida y así pensarás que está un poco más cerca de tí, de vosotros pues ya estaréis juntos disfrutando de nuevo de la mar, pero te equivocas. En su locura no sabe sentirte, sentiros y cuando pasen los años y sea él el que esté solo, solo como siempre ha vivido aún sin reconocerlo, entonces y solo entonces añorará aquellas tiernas caricias de mamá al acostarse, aquellos abrazos de papá al regresar de la faena tras varios meses alejados. Entonces, comprenderá y las lágrimas que tú derramaste se tornarán como dagas. Quizás quiera abandonar también pero sin el orgullo de haber sabido vivir.
Hoy estoy aquí ante tí y ante nuestro mar para decirte hasta luego. Ya queda menos para volvernos a reunir en aquella taberna con tus amigos o en otra. Quizás en un puerto distinto. Volveremos a recorrer los siete mares y lucharemos contra viento y marea. Cuando exhaustos lo consigamos, allí, con su pañuelo azul, estará ella saludándonos, entonces iremos a casa donde el chocolate caliente nos reconfortará y nos dará nuevas alas para nuestras aventuras.
Perdona por no haber sabido estar más cerca de tí. Solo quiero que sepas que si esa fue tu decisión te respeto.
Hasta siempre.

1 comentario

Goreño -

Precioso y tierno relato, cargado de sentimientos y nostalgia de una niñez feliz, para luego continuar con una triste historia que hunde al protagonista en la depresión y la soledad, porque es incapaz de hacer frente a la vida en ausencia de la persona amada. White, me ha gustado un montón, tanto por la prosa, como por el tema en sí. Un besito.