28 de Mayo de 2005
"...Harto ya de estar harto ya me cansé, de preguntar al mundo por qué y por qué..."Esta canción se encadenó ayer a mí y no puedo abandonarla. Revolotea incesantemente pisoteando mis pensamientos, machacando minutos, repicando como campanas que anuncian cada nuevo instante. Me sacudo la cabeza con fuerza, con a energía del que quiere volver a ser dueño de su propio pensamiento, pero la canción suena una y otra vez. Hoy me espera un arduo día. Tendré que dejar a Cora fuera de mi vida para colocar a unas muñequitas de ciudad en el lugar que es suyo. No me imagino alejada de ella durante más horas de las que sabría contar, a base de repetírselo y de repetírmelo creo que me ha entendido:-No es abandono, es una separación momentánea, antes de que te des cuenta volveré por ti.- Una lágrima surca mi rostro cada vez que me acerco a ella. Puede que los perros no tengan noción del tiempo, que lo que para mí va a ser una eternidad, para ella sea un instante. No sé. Estoy harta, me repite de nuevo la canción. Estoy harta de una vida de apariencias, de que él sólo me busque cuando necesita complacer a otros, agasajar a otros, halagar a otros. De nada me valdrá mi esfuerzo si todo queda como a él le gusta, será mi obligación, pero si algo falla toda la culpa recaerá sobre mí. Pintaré mi cara de sonrisas ajenas, velaré mis ojos con el brillo de ciudad lejana, sepultaré los tomillos con el aroma a suficiencia que destilan cuerpos impregnados, disfrazados de olores embotellados que se compran a dos duros en superficies deshumanizadas. Harta de envidias. Me río por no llorar. Vendrán, como otras veces, encontrando desperfectos en paredes ajenas y tras engullir unos espirituosos, desatarán lenguas viperinas y una vez más se jactarán de despilfarrar los bolsillos que tanto les cuesta a los maridos llenar, se prodigarán en vilipendiar a otras amigas, difamación gratuita, deporte de sociedades saciadas, rivales de esplendor en salones mundanos. Se sienten floreros, adornos relumbrantes y saben, en el fondo de unos corazones enterrados en maquillaje, que sus vidas están más vacías que las mías. El alcohol que todo lo trasmuta abrirá bocas y cerrará mentes, aflorarán sentimientos y cuando los efluvios etílicos pasen y recuerden jirones de corazón desprendidos, sentimientos olvidados escupidos, o sueños que el dinero no puede comprar, se sentirán más desgraciadas y arremeterán como fieras enjauladas contra el primero que cruce su territorio. Y allí estaré yo como testigo mudo de desgracias ajenas de soledades que son la única soledad, de despropósitos que se visten de venganzas, de palabrería que se amontona como la basura en los contenedores y me sentiré menos sola en mi soledad. Sé que en otras reuniones seré yo el centro de conversación, me llamarán pobrecita, dirán lo descuidado de mi aspecto por no ir dos veces a la semana a la peluquería, por no lucir los últimos modelos de modistos de relumbrón, por no poder acudir a las fiestas que engrandecen e iluminan presencias como las suyas, y yo que las oigo sin que aún se hayan ido de mi casa, que las oigo en fiestas que han de venir, me alegro de haber roto con esa vida, de que mi soledad sea menos soledad porque Cora está junto a mí. Pobre Cora, tener que apartarla de su casa por vanidades envilecidas con venenos de envidias. Quizás sea mejor que no respire el aire emponzoñado que destilan sus anodinas existencias a través de poros corroídos de esplendores decadentes. Él, a pesar de mi insistencia, ha contratado una chica para que nos sirva, mi papel es atender a las visitas, no servirlas. Estoy harta de tonterías, de discusiones, cedo, los manjares están preparados, las delicias servidas. Cómo echo de menos a Cora y aún está a mi lado. Es hora de llevarla al destierro. No ha entrado en toda la mañana a la cocina, hoy durante los preparativos, estaba tumbada en la puerta. Extraña inteligencia animal que sabe comportarse mejor que las personas sin haber aprendido en escuelas de urbanidad. Cae una nueva lágrima de mis ojos marchitos de dolor. Es la señal, se acerca a la puerta, la acaricio. Me devuelve el calor de su amor con un roce en mis piernas, sabe que hoy no dormirá aquí, estoy segura que lo sabe y se resigna, como yo. El paseo ha sido amargo, no había música en las nubes, no había aromas en las manzanillas, el color había abandonado a los cerezos. Abro la verja, ella entra. Con el hocico húmedo me echa hacia fuera. Lo ha entendido y no quiere que sufra por ello. Avanza sin mirar atrás con un paso cansino. Se gira, me mira y continúa hasta una sombra bajo un árbol. Se tumba, no se resiste. Tengo que volver, un pañuelo enjuga este abandono. Mañana vendrá pronto, volveré a por ti. Me giro y no puedo volver la cabeza para un último adiós. Estará bien, me digo, seguro que mejor que yo. Deben estar a punto de llegar. He de aligerar el paso. Como dicen en el circo: "El espectáculo va a comenzar"
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