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Diario

RETRATO 3

RETRATO 3 Me encargas este retrato y yo no pinto de encargo, dijo el pintor cuando ella se acercó. Mis pinceles no me obedecen. En mis manos toman caminos infinitos y desconocidos. No sé nunca dónde me llevarán. Ella se marchó frustrada pero en su cara iba dibujada una sonrisa. No le presionaría. Sabía que el arte verdadero no atiende a avaricias y sí a inspiraciones. Si el pintor no aceptaba encargos ella no sería retratada porque lo que quería preservar en un lienzo era su alma y no su rostro que siempre calzaba con máscaras venecianas. Esa tarde, mientras ella lloraba en la soledad de su casa dolores eternos que agriaban su ajado cuerpo, el pintor dispuso un lienzo en blanco sobre el caballete, preparó la paleta de colores y oreó los pinceles infundiéndoles calor y vida. Se separó del blanco sempiterno que se difractaría en puro color y la memoria le trajo el recuerdo de unos ojos vivos tras una máscara de cristal. Las imágenes aparecían como flashes inundándolo todo de color. Los pinceles asidos a unas muñecas que danzaban a ritmo de batucada no podían detenerse. La música estaba en un punto culmen, el sonido transportaba al pintor a un mundo irreal y distorsionado y en ese trance comenzó a tomar forma el nuevo retrato. Era una mujer con dos rostros, uno siempre sonriente que miraba hacia el exterior, la amabilidad dibujaba su sonrisa, la indolencia, la pereza o la holgazanería desaparecía de su faz cuando de otros se trataba. Siempre tenía tiempo para escuchar, tiempo para acompañar, tiempo para regalar. Madre sempiterna de polluelos fuera del nido. Coqueta, adicta a la buena conversación en torno a un café o a una mesa repleta de manjares dispuestos por ella, nacidos de sus manos para agasajar otros corazones. Los pinceles se detenían en los tonos pastel, pasteles de amor, confites, tartas, bizcochos con los que alegrar a un vecino efermo, a un amigo triste. Dadora impenitente, generosa de tiempos ajenos egoísta con su propio tiempo. Un fogonazo rojo y la imagen cambiaba.Ese rostro se aislaba en negros de desesperación, negros solitarios sin resquicios de esperanzas, los colores desaparecían y una mueca de dolor lo emborronaba todo. Desesperación, desaliento, desánimo colores oscuros que afloraban desde su interior mostrando la otra máscara, la máscara de la tragedia que guarda para ella sola, la que no comparte, la que le asfixia en dolor, una máscara que ha decidido no compartir para no agobiar a los que la rodean. De nuevo los tambores, golpes secos, una llamada en la puerta de su rostro y cambia de máscara, la suya, la de la tragedia descansará bajo la nueva que ya adorna su rostro. La comedia se dibuja en una cara que no es suya. Abre una puerta. Sonrisa, afecto, palabras, alguien implora su ayuda y ella está para eso, pero el dolor va resquebrajando la máscara más superficial y entre sonrisas dibujadas aparece una mueca de dolor. Intenta recomponer el rostro y casi lo consigue. Necesitará aprender a desahogarse, a compartir dolor, a ser ayudada como ella ayuda, a mostrar su rostro limpio, tal cual es, tal cual se dibuja cada día con sus sentimientos y emociones, con su dolor y desesperación. Debe aprender que ella necesita también ser ecuchada, ser comprendida, ser mimada y querida, que el amor es una moneda de doble curso, se da y se recibe y siempre gana quien mueve ese amor. El pintor está exahusto, el trance llega a su fin, los pinceles se detienen, el color se seca y él abre los ojos. Un nuevo retrato ha sido plasmado, una nueva alma, un rostro con dos caras. Se aleja agudizando la mirada. Sí, es la mujer que suplicó por la mañana que la pintara. Es irónico, piensa. Esa tarde una mano pulsa un timbre, una máscara cae y otra se coloca, se abre la puerta y en el quicio un lienzo con la pintura fresca aún reposa con una nota: Esta mañana se dejó su alma en mi estudio, se la devuelvo.

14 de Junio de 2004

14 de Junio de 2004 Ha pasado sólo un día desde que las pastas de cartón cerraron un capítulo de mi vida y me veo delante de un bolígrafo expectante, ansioso por trazar de nuevo imágenes en folios en blanco. Ayer fuimos de compras con María, un bañador, que hace ya mucho calor, un pantaloncito corto y una camiseta compañera, unas gomas de colores para su precioso pelo y al final hemos entrado en una gran tienda donde se amontonaban las cosas sin más orden que el que sus dueños, arbitraria e incomprensiblemente les querían dar. Allí, mi niña, se fue hasta un estante donde descansaban jarrones, velas, lápices de colores, unos tarros de plástico y muchas libretas. Ha cogido dos paquetes de lápices, dos de rotuladores, dos de ceras y un paquete de libretas. Es que me gusta mucho dibujar, dijo. Él y yo sonreímos y con todos los bultos nos dirigimos a la caja. Cuando salimos a la calle, María revolvió entre las compras y sacó una libreta para él y otra para mí. Es un regalo, dijo, para que pintéis como yo. Yo no sé dibujar, mis imágenes se trazan con palabras, pero si empiezo de nuevo no sé cómo va a acabar, quizás pueda dar trazos de color a historias que no es la mía, sombrear bosques donde se escondan los animalillos para no ser cazados, o diseñar reinos de fantasía donde vivir mil años rodeados de golosinas. Hoy me enfrento a este cuaderno que me ha regalado María, quizás mañana comience a escribir en él.

13 de Junio de 2005

13 de Junio de 2005 Ha pasado más de un mes desde que empecé a emborronar este cuaderno que llega a su fin. Apenas unas hojas en blanco me acercan a las tapas de cartón que son la frontera de este tiempo. Releyendo las líneas dictadas desde mi corazón, apenas puedo reconocerme. Leo y se me presenta otra figura con mi rostro, con mis temores, con mis desilusiones y esperanzas pero no soy yo. Otra persona, desde unas letras alineadas por una pluma invisible, habla por mí. Y es que cuando plasmas tus sentimientos en papel ya no son tuyos aunque sólo tú los hayas leído. Apenas un mes y mi vida, que aparentemente no discurría por ningún camino ha galopado a lomos de emociones que se desdibujaban en unas huellas que creí no pisar. Me encontraba sola, naufrago en una isla rodeada de gente que no veía. Aislada, encerrada en mi misma, la amargura desbordaba de un corazón herido, vaciado, inútil. ¿Cuál era mi destino si ni siquiera me permitía sentir el afecto de los que me rodeaban? Cuando más lo necesitaba apareció Cora. Cora de coraje, dije. Cora de corazón que es lo que me devolvió. En tu camino te vas cubriendo de la arena que pisas y si no sabes sacudirte al final del día, la carga crece y crece hasta que no te permite avanzar. Volví a sentir la música en mi piel y la música me trajo añoranza de pasados lejanos en el tiempo y enterrados en las arenas de la vida. Hablé con desconocidos que supieron aliviar mi carga. Reí y lloré con mi hija y acaricié el alma de un niño que ya no lo es. Hoy estoy melancólica pero no triste, por primera vez en mucho tiempo quiero recordar, evocar un trocito de vida, de mi vida y ver, desde la distancia de los días, que no todo es tan terrible. El recuerdo sólo guardaba la carga pesada pero no las miradas, los fracasos, pero no las sonrisas, los desprecios, pero no la gratitud de unos ojos que no saben hablar. Todo sufrimiento tiene un contrapunto, un momento por el que merece la pena vivir, quizás un solo momento, pero ese es único y no lo deberíamos olvidar. Gracias a estas páginas retomo la mirada de María cuando vio el mar, el olor a madreselva en las mañanas junto a Cora, la sed del camino cuando surcaba su rivera paseando por mañanas de frescura y esperanza, llegué a ver la maldad envejecida y reviví la infancia de mis hijos cuando éramos felices, pero es que ahora también lo somos, es diferente, la vida nos muestra distintos senderos por los que avanzar y en todos, si nos lo proponemos, hallamos belleza. Encontré amistad donde había obligación, juzgué y me equivoqué. Vi la muerte pasearse por mi barrio y vi las flores crecer en los caminos tapizando como alfombras de colores los caminos. Añoré la presencia de él, no la tengo aún o eso creo, quizás escondido tras la máscara de tiempos demasiado ocupados, nunca se alejó de mí, quizás eso es lo que quiera pensar, pero desde el viernes él es otro, aquel que vivía en mi recuerdo, hoy lunes descansa en la cama esperando que María le despierte para viajar a países que sólo existen para ellos. Hoy la vida la veo de otro color, puede que sea un espejismo, pero espejismo también son estas letras que abandono en este cuaderno. No sé si lo romperé o seguiré escribiendo otro y otro más donde esconder mis sentimientos, mis vivencias y mis anhelos, donde volcar mis frustraciones y mis paseos con Cora. Hoy voy a disfrutar de mi familia porque he comprendido que mi familia comienza con él, pero con él tal y como es. Todos cambiamos, la vida nos convierte en otros, a veces son tan distantes, que debemos volver a encontrarlos y yo estoy dispuesta a ello. Quiero acabar este cuaderno con palabras de esperanza, me preguntaba el primer día qué me quedaba, me queda vida, toda la vida por recorrer en paseos eternos al amanecer junto a Cora.

11 de Junio de 2005

11 de Junio de 2005 Ayer llovió y hoy la mañana se ha levantado plomiza. El ambiente se ha refrescado y el campo huele a vida. He madrugado para dar un paseo con Cora, no quiero descuidar su atención mientras esté María en casa, no sería justo. El olor a tierra húmeda me llevó a mi niñez, a mañanas de mayos olvidados pero siempre presentes, a lánguidos caracoles de parsimonioso paso cargando su pesada casa, a charquitos de nubes y a cuentos olvidados tras cristales empañados. Es curioso, estamos en junio y mis recuerdos atrasan un mes. Hoy el paseo será más corto, no quiero regresar y que María se haya despertado. Cora va dejando sus huellas en la tierra humedecida, apenas se entretiene, también quiere volver y jugar con ella. Cuando salí un profundo sueño la envolvía, pero los niños se duermen igual que se despiertan, sin avisar. Su mundo es instantáneo donde sólo el ahora cuenta. Giro mis pasos, no estoy tranquila. ¿Y si se ha despertado mi niña? Mi pensamiento galopa, veo a la pequeña sola, llorando, mi imaginación se desborda. No debí salir. Cora tiene suficiente espacio en el jardín para no tener que sacarla. Mi mente se desboca, soy consciente de ello. Intento frenar en seco y mis pensamientos se amontonan. Ella no está sola, está él, pero él... Pero él nada, es su abuelo-me digo-. Detengo mis pasos y respiro una bocanada profunda de aire fresco, mis nervios parecen responder al estímulo y se van calmando. Reinicio la marcha más calmada pero sin detenerme en ningún recodo. Apenas cinco minutos y veré la puerta de mi casa. Cora no dice nada, me mira y avanza. La puerta del jardín está entreabierta. ¿Cómo he sido capaz de semejante descuido? ¿Y si se ha despertado y al no verme ha abierto la puerta para ir a buscarme? ¿Y si...? Mis pasos se aceleran, casi inicio una carrera para llegar. Cora se para. No puedo mirar atrás, ya vendrá, conoce el camino y mi niña es lo primero. El aliento me falta, apenas un poco de aire puede entrar y me quema en los pulmones. Abro la puerta de par en par. Jadeo insistentemente intentando recobrar las fuerzas. Apoyada en el quicio de la puerta miro hacia el interior suplicando que mi niña esté allí. Apenas oigo un susurro, mis pasos no responden, las piernas me flaquean pero el susurro no se detiene. Intento escuchar lo que dice el rumor: "Cuando yo tenía seis años yo vi una lámina magnífica en un libro sobre el Bosque Virgen que se llamaba Historias Vividas. Representaba una serpiente que se tragaba una fiera..." ¿Las serpentes tagan fieras? Era María que hablaba con él. Por fin pude respirar tranquila, mi pequeña no se había marchado. No quise dar ningún paso, quería vivir esta imagen que se había materializado desde mi deseo para hacerse realidad. Él estaba contándole un cuento a la pequeña. Los dos solos disfrutando de un amor que él no había expresado desde que nació María y que ahora se vertía por todos los rincones de esa pérgola extendiéndose por el jardín hasta llegar a mí y otorgarme la calma que tanto necesitaba. María se volvió, creo que me había intuido. Ven, mira, las serpientes comen elefantes. Yo me acercaba con una de las sonrisas más grandes que nunca supo dibujar mi alma, me he sentado con ellos. Me gusta El principito, pensé, yo se lo leí a mis hijos cuando eran pequeños y ahora lo compartimos los dos con nuestra nieta. Sin duda, me gusta El principito.

10 de Junio de 2005

10  de Junio de 2005 Ayer fue un día extraño. Las horas se deslizaban raudas por la esfera del reloj de mi vida pero apenas parecían avanzar. Cuanto más tenía que hacer, más giraban y cada vez que las miraba detenían su marcha en una tortura ideada por Cronos. Seguro que desde las alturas de cielos extinguidos, fui su diversión. Yo me escabullía a sus carcajadas y desorientaba su sentido del humor y así salté horas de pasión y llegué a la meta del día, satisfecha, todo estaba preparado. Sí, por fin puedo decirlo, María tiene su mundo dibujado entre paredes de ensueños y sonidos mágicos. Esta mañana lo primero que he hecho al levantarme ha sido descorrer las cortinas de su pequeño universo nacido del prisma de mi amor para que la luz lo inunde todo y le aporte el color tornasolado de este sol eterno que hoy, especialmente, brilla para ella y brilla para mí. He paseado con Cora. El sendero que hemos recorrido a través de amapolas y campanitas se convertía en la alfombra voladora que me transportaba hasta los brazos de mi princesa, porque así acaban todos los cuentos escritos y comienzan los cuentos soñados. Los pajarillos no se asustaban a nuestro paso y nos saludaban con una ligera inclinación de cabeza brindándonos cantos de felicidad. Aspiro el aire más límpido porque tengo su horizonte al alcance de mi mano. Cora observa la naturaleza que ha brotado desde mi corazón derramando aromas que jamás podrán ser vendidos ni encerrados en frascos tornasolados que constriñan su alma, no, el hombre no podrá crear el aroma de las mañanas junto al río paseando con Cora. Es demasiado temprano y mi niña demasiado pequeña para adentrarse en, este, mi mundo interior. Cuando caiga la tarde y el sol vaya escondiendo tímidamente sus rayos desgastados la traeré junto al río y buscaremos peces de colores y mariposas de cristal. Recogeremos frutas exóticas y sobre alfombras mágicas retornaremos al castillo que nos aguardará detrás de las nubes junto al arco iris. Sé que debo volver a casa pero mi espíritu me obliga a dar un paso más, llegar hasta el siguiente árbol, descansar entre la sombra que cobija todas mis ilusiones, respirar, henchir mi yo más oculto vaciándome de temores. No puedo dilatar el tiempo más. Cora me empuja, a veces creo que es mi conciencia materializada, la que me alienta y la que me obliga. Volvemos a casa. Siento un ligero cosquilleo mis manos. Siempre mis manos se han anticipado a cualquier sentimiento. Cora corre por el jardín. Su oído le trae sonidos que al mío no llegan aún. Un coche para en la puerta. El corazón se me acelera. Tranquila, parece decirme Cora desde la entrada, todo va a ir bien. Una llave gira en la puerta y mis pasos están paralizados, mis piernas no quieren acercarme a mi niña. La oigo, ella está aquí. La puerta se abre y unos dulces pasitos recorren un camino eterno. El ladrido de Cora me despierta de la ensoñación y ahora soy yo quien corre a su encuentro. Sus ligeros bracitos rodean mi cuello. Nos abrazamos y giramos en un torbellino sin fin. Mi hijo ve complacido la danza de afectos. Viene solo, ella tiene que hacer el equipaje, me dice, en el fondo lo prefiero así. Cora mueve su cola pero no dice nada, no quiere interrumpir ese momento, pero mi niña la ha visto y con el mismo ímpetu que me abrazaba, me ha soltado el cuello y se ha ido con Cora. Los niños son así su eternidad apenas dura un segundo. Me río con ellas. María intenta que Cora salte y Cora la mira con ojos de madre. ¿Alguna vez habrá tenido cachorros o tal vez su sentimiento maternal haya renacido con mi niña? Van a ser unos días estupendo para la niña, dice mi hijo y yo sé que va a ser así. Quiero que María vea su cuarto pero ella prefiere revolcarse en la arena con Cora. No hay prisa, el día, los días serán infinitos con ella. Nos sentamos en el jardín, hablamos, hablamos, hablamos... Me siento feliz, llena, pero una pequeña sombra se desliza por mi mente, no la dejo salir pero me martillea. ¿Por qué él se pierde estos momentos? ¿Cuándo se dará cuenta de las cosas importantes de la vida? Los negocios, el trabajo, la cuenta bancaria..., ¿Son esas sus prioridades? ¿Y lo que de verdad importa dónde queda? La sombra se desliza por mis ojos intentando arrancar una lágrima, pero no me lo permito, nada arañará esta capa de felicidad. Alguien ha entrado por la puerta principal, alguien que ha imprimido silencio a sus pasos para no ser delatado. Cora eleva una de sus orejas pero no ladra. Una figura permanece invisible entre el claroscuro del quicio de la puerta, observa, calla y dibuja una sonrisa en su alma. María lo intuye, se gira, levanta las cejas con semblante picarón y sonríe. Señala en su dirección. Volvemos la cabeza y allí está él, sonriendo, con los brazos extendidos, casi rogando un abrazo de la pequeña. Ahora sí que se escapa una lágrima furtiva, pero ya no es de pesar. La recojo entre mis manos para que nadie la vea y su sonrisa es ahora mi sonrisa. ¿Puede haber un día mejor?

9 de Junio

9 de Junio A penas ha comenzado el día, si por un día nuevo se entiende que se ha sobrepasado el límite de las doce de la noche. Me quedan tantas cosas por hacer. El viernes llega María. Estoy deseando ver sus ojitos abiertos como dos ventanas inmensas con vistas a ese mundo de fantasía e ilusión que le he preparado. El olor a pintura se desborda por todos los rincones de la casa fluyendo, a través de unos poros de cal y ladrillo, respirando y latiendo al unísono, acompasando su nueva existencia a la metamorfosis de una alcoba en un cuento escrito para mi niña. Acabo de colocar el osito que velará sus sueños. Es un oso atrapa-pesadillas, así me lo dijo Pablo, el vendedor de ilusiones. Con este osito María no temerá cerrar sus ojitos. Al abrazarlo, una dulce música invadirá su cuarto adentrándose en su alma y será acunada por un arrullo de canto y esperanzas, de color y armonía girando todo en torno de una sinfonía de sueños de algodón verde mar y azul cielo. María caminará sobre alfombras mágicas que la llevarán donde sus pasos no puedan ser alcanzados y será protagonista de sus propias aventuras. Sus muñecas cobrarán vida y, junto a mí, nunca estará sola. Mares de chocolate y barquitos de galleta, corros de la patata y parchís de colores. Cogida de mi mano saltaremos en rayuelas perpetuas y buscaremos tesoros enterrados en olvido y miel. No sé cuanto tiempo se quedará María a mi lado, no importa, estos días, pocos o muchos, tendrán las horas infinitas, los minutos inmortales, los segundos eternos. El tiempo se detendrá, ella no crecerá, yo no envejeceré y unidas en un amor que no conoce límites vadearemos la vida escabulléndonos de sequías y viviendo nuestra época de bonanza, tiempos mejores, risas, canciones y mariposas revoloteando. Mañana, que ya es hoy, se acerca volando. La luna tiene prisa por marcharse dejando su estela atrás y dando paso a soles absolutos que iluminarán nuestro dulce avanzar. Debería descansar un rato, queda un solo día ya. El sueño se escapa entre mis dedos. Voy a la cocina, me sirvo un vaso de leche fría, Cora duerme, no quiero despertarla, esta noche tengo la compañía de mi sueño, un sueño en vigilia. Mañana compraré helados, montañas de helados de fresa y limón de chocolate y vainilla, dedos, pies, vasitos, lápices... todos los tendrá mi niña. Me voy a la cama. Su recuerdo me llevará hasta su sueño y le diré cositas en voz baja, le diré que vamos a volar con los pajarillos, a nadar con los peces, a saltar como los gamos y a amar como nunca antes lo había hecho porque ella es mi niña y mi niña está en mí.

8 de Junio de 2005

8 de Junio de 2005 La mañana me trae música enredada en el aire. Una sinfonía de juguetes y libros de colores conquistan estanterías dispuestas para llenar de imaginación el mundo que estoy dibujando para María. Mi princesa va a reinar en un castillo de muñecas, va a viajar a lomos de briosos corceles, va a dar la vuelta al mundo, entraremos en bosques alegres donde no habrá sombras de brujas malvadas y sí enanitos y mariposas que guíen sus pasos en giros tornasolados de soles infinitos. Los lápices de colores pugnarán por ser cogidos en sus pequeñas manos para dar color a páginas incoloras que renacerán a nuevos mundos creados por mi niña. La música flotará entre los juguetes, música de caramelo y regaliz, bolitas de colores colocadas en un pentagrama que, gracias a su presencia, se deshará de su gabardina negra de seriedad para vestirse de miles de tonos, corcheas y fusas de los colores más estridentes. María danzará, girará con las nuevas notas, con los nuevos amigos, con las nuevas ilusiones que permanecerán en este palacio investido de una pátina de felicidad. Me vuelco en mi niña y no me reconozco. Antes de que traspase el quicio de la puerta y me siento viva. Esa niña me llena como no lo han hecho ni mis hijos, es raro, lo sé, pero a los hijos hay que educarlos y eso es tan difícil. Creo que la consiento demasiado. ¡Y qué más da! Ella tiene sus padres para que la eduquen, yo sólo soy su abuela y solo tengo que quererla. En el fondo sé que no es así, que la educación de una nieta pasa también por los abuelos, pero mientras esté en mi casa va a ser feliz, es el único propósito de mi vida. Cinco añitos que apenas parecen tres, el año de hospital debe ser borrado de su mente y de la mía. Quizás los bebés no tengan memoria, quizás la memoria se desarrolla con los años y ellos sólo vean una neblina que dejaron atrás y cuando sean mayores todo se reduzca a un mal sueño de un bebé que apenas reconocen, pero los adultos si tenemos memoria y cuánto daríamos a veces por enterrarla. No, no voy a permitir que la tristeza de lo que fue inunde mi espíritu ahora que tengo tanto que hacer. Las tiendas no están abiertas y mi impaciencia es mucha. Soy yo la que parece una cría pequeña esperando a los Reyes Magos. Voy a salir con Cora, ella siempre consigue templar mis nervios. Tengo tanto que hacer...

7 de Junio de 2005

7 de Junio de 2005 Últimamente tengo la guerra declarada al sueño. Deben ser las hormonas que andan demasiado revolucionadas en su despedida. Anoche el insomnio, debo reconocerlo, era placentero. Mi hijo llamó diciéndonos que si no nos importaba que María viniese dentro de dos o tres días. Todavía me pregunto cómo puede dudarlo siquiera. La emoción de tener a mi niña conmigo unos días ha espantado el sueño. Yo creí que sería a final de mes cuando las vacaciones aparecieran para alegrar a los hijos y revolucionar a los padres, pero María apenas tiene cinco años y no va a ser mucha la pérdida. Ellos se van de viaje, lo necesitan y yo necesito a mi María. Debo confesar que estoy nerviosa, queda tanto por hacer. Debo templar mis nervios, aplacar mi corazón desbocado y organizar la llegada como si se tratase de una visita de estado. Todo debe estar a punto. Lo único que temo es la expresión de mi nuera, para ella algo estará mal, seguro. Mis ilusiones y mi cariño no contarán nada, ella lo echará por tierra una vez más. Hoy corre aire por el margen del río. Cora se entretiene entre unos matorrales y de él aparece una nube de mariposas de todos los colores. Su aleteo incesante pero majestuoso ha detenido mi paso. La danza teñida de color me transporta a un mundo de ensoñaciones donde todo está dibujado de colores orgullosos, colores que exhiben su poderío desplegando un manto irreverente que desafía a la tristeza alejándola sin compasión. Un mundo onírico de flores perpetuas y mariposas que vocean vida por aquellos rincones en los que detienen su aleteo. Una alza el vuelo, dibuja un camino entre dos nubes de algodón, otra sigue su estela y derrama rojos, anaranjados, amarillos. Vaciada su hermosa carga otra toma el relevo chorreando los tonos verdes, azules, añiles. Una última, una mariposa negra como la noche, elegante, inmensa, con alas majestuosas y vuelo reposado se pasea por la obra de sus hermanas dando el toque final violáceo. En el negro también hay escondido otro color, parece decirme desde la altura. El hocico húmedo de Cora me devuelve a otra realidad, a la realidad de un día lleno de esperanza, de espera que no va a desesperar porque no tiene tiempo para perder. Me sonrío y Cora gira entorno a mí. Tengo que volver a casa, voy a prepararle a María un mundo como el que acabo de visitar. El Techo será el cielo que despierta a un nuevo día, en las paredes, nubes de algodón dulce, flores de mil colores, mariquitas rojas de siete lunares, pajarillos revoloteando alrededor de las flores y mis mariposas, esas que me han llevado a Fantasía, ellas dibujarán un arco iris eterno para mi niña.

6 de Junio de 2005

6 de Junio de 2005 Una noche de sueño reparador te hace ver la vida de modo diferente. Estoy desayunando en la terraza. Estas serán las únicas horas del día, hasta que caiga de nuevo la tarde, en las que podré disfrutar del jardín. El aroma a madreselva se extiende a través de la mañana reconfortando los sentidos. Vuelvo al calor de mi niñez en una casa tan lejana, tan distinta. Aquellas mañanas de ruidos y algarabías, de luchas de albaricoques y acuerdos firmados en torno a un zumo, días llenos de esperanza, de olores a campo en sazón y sabores de vidas recién amanecidas. Miro al pasado y todo ha cambiado tanto. Hace una eternidad que no sé nada de mis hermanos. Me he refugiado en este oasis, en este remanso de paz aislándome hasta de mi familia. La fragancia de una rosa acaricia mi piel. Giro la cabeza intentando descubrir desde dónde me llama y veo que por fin el rosal de terciopelo ha echado su primera flor. Ya había perdido toda esperanza. Tres años sin florecer y pensaba ya en su esterilidad. ¿Los rosales pueden ser estériles? No había querido arrancarlo de su lugar, bastante desgracia tenía con no poder lucir su perfume ni regalar su color, para extraerlo sin piedad del suelo donde había arraigado. Su agradecimiento, la recompensa se ha hecho hoy flor. Me acerco hasta él acariciándolo como un hijo pródigo del que nunca esperarías su retorno, los pétalos se abren para mí en una sinfonía de color y aroma que danzan al unísono llenando de placer esta nueva mañana. Cora se acerca, parece celosa, ladra a la flor reclamando la atención que le presto. Me giro y sonrío, acaricio su cabeza y restriego mi nariz sobre su pelo. No se aleja de mi lado y continúa con un silencioso gruñido. El perro y la rosa luchan por llamar mi atención. Me río de mí misma por este pensamiento. Sigo deleitándome con esta nueva maravilla de mi jardín. Veo que esta rosa no está sola, otra comienza a formarse y tal vez sea ahora cuando ya no cese de parir. Todo tiene su tiempo y nunca ese tiempo es baldío. Si se sabe esperar quizás se alcancen los sueños, quizás se transformen en realidades. ¿Pero cómo aprender a esperar? ¿Dónde se pueden adquirir las píldoras de paciencia? El tiempo es el gran enemigo del que espera y doblegarlo es una lucha titánica, pero si se consigue, al final, podremos disfrutar de una maravillosa rosa.

5 de Junio de 2005

5 de Junio de 2005 Siento que me pierdo entre la muchedumbre, que caras impávidas me acechan desde rincones oscuros a los que no tengo acceso, me miran, me observan, me juzgan. No hablan pero un murmullo se levanta entre ellas, un murmullo que crece y me rodea girando como una espiral eterna sobre mí. No distingo voces, no distingo palabras, sólo ruido que no cesa, que me atrapa y me arroja a un laberinto del que no sé salir. Perdida entre paredes azules que van intensificando su fulgor, voy caminando, descalza, el suelo se calienta, me quemo los pies pero no puedo saltar, las paredes también queman, me arrojan llamas que al contacto con la piel se congelan. Se ha establecido una lucha sin tregua y yo, en medio de la desesperación, me paralizo. Una gota de sudor cae por mi espalda. Es sudor frío, pusilánime, cohibido. Otra gota acecha y se une a otra más. Mi espalda se desdibuja en un mar de ansiedad donde olas inmensas tratan de sumergirme. Tengo miedo, no sé nadar... El corazón late desbocado y de pronto todo cesa. Me despierto agitada con el corazón a punto de estallar. Ha sido una pesadilla, una pesadilla de la que he despertado. Me da miedo volver a dormirme, no quiero que se repita, no quiero continuarla y llegar a un final, a mi final. No consigo tranquilizar mi espíritu. Voy a la cocina. Cora me oye, rasca las puertas del jardín. Le abro. El sentirla a mi lado me da paz, el corazón de nuevo se ralentiza, la respiración se sosiega. No me apetece volver a la cama. Salimos al jardín, la noche está fresca. No sé que hora es, no me importa. Siento la humedad de la tierra en mis pies desnudos, un pequeño escalofrío recorre mi espalda pero, con Cora a mi lado no tengo miedo, no me siento sola. Me me acomodo en el viejo columpio y mezo mis temores alejándolos con cada empujón. Creo que el sueño se acerca lánguidamente, con la desidia del que no tiene nada más que hacer. Me acurruco y Cora me presta su calor. La mañana calienta de nuevo mi cuerpo. Los rayos de sol me devuelven a la vida como una tortuga que se desprende lentamente de su caparazón. Desentumezco mis huesos dolientes. He conseguido dormir. La pesadilla huyó y su lugar lo ocupó un sueño imposible. En mi seno se desarrollaba de nuevo una criatura, la sentía moverse, crecer, inundar de dicha mi espíritu desbaratado. La realidad me ha traído la pesadilla, el vacío, la oquedad que jamás se volverá a llenar. No sé qué significan los sueños, no sé si el espíritu universal hablará, a través de ellos, de pesadillas o de felicidades y no sé si quiero estar despierta o dormida. Hoy va a hacer mucho calor. Un viento cálido y asfixiante empieza a soplar por el este. Voy a tomarme un café. Cora me sigue, su tostada la espera.

4 de Junio de 2005

4 de Junio de 2005 Con el regusto amargo que dejan las miserias humanas apenas he podido dormir una noche más. Alguien me dijo una vez que no estamos educados para ser felices, no nos enseñan cómo conseguir la felicidad. ¿Realmente sabemos lo que es? ¿Ser felices es tener más?, ¿más qué? Yo ahora dispongo de más dinero que antes y no soy más feliz, ahora debería tener menos problemas que cuando los niños eran pequeños pero no es cierto, me siento mucho más desgraciada que cuando tenía que estar mirando la peseta para poder llegar a final de mes. Tengo comodidades que ni siquiera podía imaginar, una casa abierta al aire puro en el campo, una vida tranquila y saludable, algunos achaques que voy sobrellevando como puedo, pero no soy feliz. Muchas veces he pensado que me equivoqué al elegir recodo del camino. Me siento con las ventanas abiertas, permitiendo que el aire frío de la mañana inunde unos pulmones adormecidos de infortunios, despabilándolos a un nuevo e indiferente día, y pienso que si hubiera escogido otro camino, otro sendero por el que caminar a dónde me habrían llevado mis pasos. No tendría mis hijos, no tendría a mi María, seguramente ahora Cora no estaría relamiéndose con la tostada chorreante de café que engulle con avidez, no estarían ellos pero abría otros hijos, otros nietos, otras casa, otros amigos, otras ilusiones. Me consuela el pensar que otra vida no significaría una mejor vida o puede que sí. ¿Estoy a tiempo de cambiar? ¿Pero qué cambiaría? Ayer veía muy claro que la mujer de la tienda debía separarse de ese que se cree tan hombre y la menosprecia, degrada e insulta constantemente. A mí no me insulta, pero me veo menospreciada, no me degrada pero no cuento en su vida, no me quiere pero se ha acomodado a una compañía que se mantiene con una inercia difícil de parar. ¿Soy demasiado mayor para alzar el vuelo y vivir en solitario? Nunca había imaginado una vejez en soledad y aunque me siento más que sola, abandonada, sé que cada noche ocupa un lado en la cama, un lugar en la casa. No quiero envejecer y no tener a nadie a mi lado, me asusta no tener a quien recurrir pero ese no es motivo para vivir bajo el mismo techo que él, ¿o sí? Una vez hubo fuego entre los dos, una vez hubo un proyecto de amor que se transformó en familia, en risas, en juegos, en llantos. Una vez hubo un nosotros, no la suma de un tú y un yo, un nosotros. Irónico es cómo la vida arroja recuerdos al alma herida que laceran como cuchillos afilados unos sentimientos maltrechos, fatigados, mortecinos. ¿Qué ocurrió? ¿Cómo empezó a desdibujarse un pronombre para disolverse de nuevo en dos? Ahora sé que los corazones fundidos no son eternos, que dos corazones no pueden habitar en un solo cuerpo, que luchan entre sí y el propio anhela echar al que te ha invadido, no han encontrado la paz y como polos semejantes de imanes, que una vez fueron afines, se repelen. ¿Cuándo dejamos de ser personas y nos convertimos en marionetas cuyos hilos son manejados por un destino que parece ajeno a nosotros mismos? La rueda gira y gira estrangulando el camino. Cuándo sabré decir basta, ¿pero eso es lo que quiero? No, yo quiero que todo se hubiese mantenido inalterable, sentimientos eternos, alegrías unívocas, una vida en dos cuerpo, utopías que jamás dejarán de serlo. No es lo que quiero pero es lo que tengo. Debo alejar estos pensamientos que me corroen las entrañas, debo dejar de sentir y continuar sonámbula por este paseo que cada día emprendo con Cora a mi lado. No me apetece el café, lo dejo enfriar. Miro a Cora y ella responde. Hoy el paseo será más de lo mismo.

3 de Junio

3 de Junio Apenas he pegado ojo esta noche. No he desayunado. Necesitaba pasear, enfriar mis pesares, apenas le he dirigido la palabra a Cora. Perdida en mi pensamiento avanzo por un camino que aparece desdibujado entre nieblas difuminadas, imaginarias. Cora respeta mis silencios ¿Me estaré volviendo una vieja intransigente? ¿Es la edad la que hace que se te revuelvan las tripas con más facilidad que cuando los años avanzaban de tres en tres ansiando que volaran para ser mayores? Estoy harta de ver en las noticias los casos de malos tratos, de vejaciones, de asesinatos entre los que son o fueron parejas. ¿Qué lleva a alguien a maltratar a otra persona? ¿El sentimiento de posesión? ¿Es que se creen dueños de los demás o tal vez más que los demás? ¿Por qué la otra persona no se revela, no lucha, no alza su voz? ¿Miedo a una bofetada, a una paliza? ¿Y cuando los malos tratos son verbales? Ayer presencie una escena, tantas veces repetida, que me asqueó. En la tienda donde habitualmente compro un matrimonio atiende los clientes. Él es el que todo lo sabe, el que enmienda la plana de su mujer, el que la anula e intenta dejarla en ridículo con bromas que nadie aguantaríamos, lo peor de todo es que hay gente que le hace gracia, se lo toma a broma, lo ve como algo jocoso que hay que alentar y, mientras, esa mujer calla, sus ojos se nublan de lágrimas secas, su sonrisa es una mueca que resbala estridente entre sus facciones deshechas. Cada nuevo chiste es una puñalada certera en el centro de un corazón destrozado, pero ella sonríe, sonríe con un ademán que más parece un esguince del alma. Sonríe y calla, sonríe y sangra. Su sangre no aflora de su herida, su sangre es tragada y se va ahogando poco a poco en ella. Y él, que bebe de esa sangre para alimentarse, la achica con cada nuevo sorbo. Ella apenas se ve ya como un gorrioncillo que ha caído del nido, no reconoce su nido, las paredes se le han vuelto extrañas, los brazos no tienen carne, son barras de hierro que azotan espíritus hechos jirones. ¿Por qué aguanta? ¿Por qué no se va? No hay hijos de por medio, sólo se tienen el uno al otro. No, no es cierto, ella no tiene a nadie. Intenté defenderla, hacer que él tragase de su propia mierda pero ella se reveló, se reveló silenciosa defendiendo lo indefendible. ¿Es que nadie puede hacer nada? Él, herido en su orgullo, arremetió contra ella. Cobarde. No fue capaz de contestarme y ella lo pagó con más crueldad verbal. Ella sigue achicando su figura, diluyéndose en razones que se nutren de miedo, porque debe ser miedo, miedo al abandono, miedo a la soledad, miedo a no resistir más. Cómo decirle que hay otro mundo, otros hombres, otra realidad, que hay quien le ayude, mas ella debe querer, y ese es el problema, ella no quiere, o tal vez no pueda querer. Una lágrima recorre mi alma al intentar auxiliar a una mujer que apenas cree serlo. No sé que más hacer. No se pueden denunciar los golpes no propinados, las puñaladas no asestadas, la sangre no derramada, la estima pisoteada, la dignidad maltrecha. No, no se puede denunciar si la víctima ni siquiera se reconoce como torturada. Hoy más que nunca lamento no poder ayudar a mujeres que son maltratadas hasta que se convierten en piltrafas humanas, sin apoyo, sin salida. Yo, que me quejo tanto de mis soledades, creo la soledad sería su salvación. Se hace tarde, el aire ha detenido su paso, es hora de regresar. Un café reconfortará mi cuerpo pero el alma tendrá que esperar.

2 de Junio de 2004

2 de Junio de 2004 Hoy el frescor de la mañana se esconde entre los últimos retazos deshilachados de unas nubes que han paseado su color sin aliviar la preciosa carga que transportaban en sus entrañas. Los pajarillos revolotean inquietos, se enfrentan entre ellos en una guerra fratricida por un poco de alpiste que cada mañana les acerco a su comedero. Un verderón impide que otro se acerque, se hace fuerte con sus garras disparadas hacia delante y el más débil huye, quizás, más tarde, lo intente de nuevo. El gallito del corral se siente triunfador, pavonea su cola en un movimiento que me hace sonreír. Pero su hazaña tendrá como recompensa que le eche del árbol, no voy a consentir, mientras pueda evitarlo, que el cabecilla de turno decida quien puede comer de la comida que les doy yo. Quizás me equivoque y no entienda las leyes de la naturaleza, pero aquí el alimento no es ganado, es dado y es para todos igual. Cuanta utopía, para todos igual. Nada es igual para nadie, incluso teniendo lo mismo no es igual, cada uno lo usa o lo derrocha según tenga a bien entender. Salimos a caminar. Cora no tiene hoy prisa. Ha acomodado su paso cansino al mío. Estoy distraída, apenas veo que las flores han cambiado de color, que las que ayer abrían sus pétalos hoy han sido desbancadas por otras diferentes, los rojos pasan a malvas, los amarillos a blancos, amaneceres que son atardeceres, oro trasmutado en nieve. El riachuelo que un día fue río surca tierras áridas en pos de arroyos vivos, de lechos fogosos que no detengan su caminar hasta fundirse con el mar. Los árboles caídos se amontonan echando el cierre a un agua que no quiere ya correr. La naturaleza va muriendo poco a poco en un ciclo que no va a devolverle la vida. Antes muerte era simiente para nueva vida, alimento de nuevas esperanzas, podrir y renacer, morir y vencer a la muerte. Ya no, lo que se muere muerto queda, nutre tierras áridas que no volverán a germinar. Los frutales se convierten en farolas, las mieses en calles adoquinadas, la huerta en parques y jardines que serán regados con las últimas gotas de este río desangrado. Pronto me quedaré sin paseos por el campo. No, me niego a pensar en ello, siempre habrá campos, ¿realmente los habrá? Estoy desvariando, Cora ha visto algo, tal vez un gazapo, le gusta correr tras ellos, el día menos pensado se convierte en cazadora y me traerá alguno entre sus fauces. Apenas corre una brisa, el tiempo encamina sus pasos hacia el estío. Pronto le darán las vacaciones a mi pequeña y vendrá a pasar una temporada con nosotros. Sus padres necesitan un tiempo para ellos. Será la primera vez que estén una semana sin ella. No sé si lo resistirán y volverán antes, espero que no, por ellos y por mi. Mis brazos de abuela rejuvenecerán con mi niña. ¡Cora, ven! Se ha alejado demasiado y no quiero que se pierda, no quiero perderla. Inspiro el aire de la mañana y renuevo el soplo viciado de noches de vida oscura. Hay que mirar hacia delante y delante está mi pequeña María que pronto será la reina de este lugar.

1 de Junio de 2005

1 de Junio de 2005 Días de nubes y melancolías, de olor a madreselva y recuerdos redivivos. El frescor de la mañana me transporta a otras mañanas en las que remoloneaba entre sábanas de algodón blanco intentando prolongar unos minutos más el sueño, los sueños de edades perennes siempre inmortales. Qué lejos de la verdad, nada hay inmortal, nada permanece como recuerdo de nuestro paso. La puerta de la cocina está abierta y Cora respira el aire de la mañana, ella es ajena a recuerdos que fueron abandonados aquel día que me hizo su compañera, pero mis recuerdos florecen entre hojarasca seca, entre espinos dolorosos que reverdecen año tras año, como un sorbo amargo del que la vida no me quiere privar una vez más. Las nubes danzan en su baile perpetuo de caminos en el aire y, cuando desempolvan la memoria no hay viento que la arranque de mi maltrecho corazón. Echo de menos una madre, siempre la he echado de menos. ¿Qué es una madre? ¿Es la mujer que te parió entre dolores? ¿Es la mujer a la que te asías desesperado cuando el hambre devoraba tus entrañas y de sus pechos turgentes manaba el alimento que te saciaba? ¿Es la mujer que cuidaba de que las comidas estuviesen siempre a su hora, la que limpiaba la casa, zurcía la ropa y la que con voz de capitán pirata siempre ordenaba? Hoy mi madre se ha sentado en mi memoria y toma café conmigo, pero un café distante como distante fue nuestra relación cuando vivía. Siempre cubrió a sus polluelos para que sus necesidades materiales fuesen satisfechas, aún a costa de su propia necesidad, pero una madre tiene que ser algo más que la que te alimenta y cuida. Eran otros tiempos, lo sé. La confianza que tengo con mi hija no se parece en nada a la que tuve con mi madre. Nunca hubo conversaciones, nunca consejos sólo órdenes, la sonrisa la guardaba como si fuera un tesoro que con mostrarlo se difuminaba. No creo que la oyera reír jamás. Cuando me casé me encomendó al cuidado de mi marido, ella ya había culminado su labor. Triste fueron esas noches de desesperación cuando no podía contar con alguien para que me consolara, tristes los amaneceres entre lágrimas no enjugadas que anegaban esas almohadas que naufragaban junto a mí. Me juré que yo no sería así, que si tenía hijos podrían confiar en mí, recurrirían a mí cuando tuviesen problemas, cuando quisiesen compartir una sonrisa, cuando necesitasen, de nuevo, un pescozón. ¡Qué equivocada estaba! No sé si seré tan diferente de mi madre, pero ellos no acuden a mí. Son mayores, tienen sus vidas y a veces creo que yo estorbo. A lo mejor fue eso lo que sintió mi madre, que estorbaba o para evitar el hastío de una presencia impuesta se hizo a un lado. El café se enfría en mi recuerdo, Cora se asoma a la puerta, es hora de salir. Estiro los minutos un poco más. Mi pensamiento sigue al compás de las nubes, todavía no se aleja, no se despeja la mañana ni mi recuerdo. Cuan desagradecida puedo llegar a ser creyendo que me abandonó. Mi adolescencia se forjó a golpe de látigo, de órdenes impuestas, de gritos marciales que no podíamos desobedecer. No hubo rebeldías manifiestas porque nuestras caras eran cruzadas por las manos callosas de un padre autoritario. ¿Cuantos silencios ofreció mi madre para evitarnos un nuevo castigo? No sé, supongo que ella obró como mejor sabía y aunque ahora que soy capaz de enfrentarme a esa realidad, no dejan de dolerme mis soledades. Ya no hay remedio, ya no está para que me abrace, para que me dé ese beso que me negó, ya era mayor para carantoñas, decía. Ya es tarde. ¿Aprendemos de los errores de nuestros padres? Ser padre es equivocarse. Nadie nos enseña y creo que es la tarea más difícil con la que nos enfrentamos en la vida. Cora ladra, voy a despejarme de recuerdos de madre, de recuerdos de hijos. El cielo sigue cubierto, los grises son el color de mi vida, quizás ella lo vio todo al revés y la mala hija fui yo y la mala madre sea ahora yo. Agito la cabeza negando esa idea que se ha enganchado en mi pensamiento gris. Echo de menos a mi madre. Cora, a la calle que la mañana está fresquita.

31 de Mayo de 2005

31 de Mayo de 2005 Unas veces la vida nos arroja a una soledad inexorable y otras veces es el propio ser humano el que se lanza en sus brazos apartando todo lo demás. Esta mañana la he vuelto a ver, huraña, despeinada, vieja no de edad si no de vida desperdiciada. Sentada sobre una piedra del camino espantaba fantasmas que le importunaban con recuerdos que pudieron ser y ella borró. Nunca fue buena. Es duro reconocer algo así de un ser humano, pero ella me llevó a pensar que si entre las fieras de la naturaleza podíamos encontrar los más bellos y más nobles sentimientos, entre los hombres también podíamos descubrir a abominables seres que ni siquiera les salva el instinto animal. Me voy acercando y ella inicia su baile furioso de alejamiento de cualquier cosa que signifique un hálito de vida. Las inocentes amapolas que comienzan a colorear los arcenes del camino han sido pisoteadas, las margaritas arrancadas y al ver a Cora blande un palo con el que pretende exorcizar al diablo que anida en ella pero que ve reflejado en los demás. No me saca muchos años y parece que le pesan dos vidas sobre sus hombros desnudos de afectos. Nunca fue buena. De pequeña, cuando nos obligaban cestillo de la merienda en mano, a ir a lo que llamábamos colegio, porque hoy a ningún padre se le ocurriría enviar a sus hijos a esa especie de campo de concentración a medio destruir con paredes desnudas y ventanas desencajadas que permitían el paso a todo tipo de bichos y de inclemencias, en esos años de hambres y penurias ella se dedicaba a desperdigar la comida de los demás por suelos mugrientos llenos de inmundicias, a retorcer la cabeza de pajarillos indefensos, a romper las ramas de los frutales por el único placer de destruir. Su padre, demasiado ocupado con las tareas que impone una finca de labor de gran extensión y su madre, inmersa en la vorágine de un hogar de ocho hermanos. Nadie se ocupaba de ella, de corregir esos sentimientos que le nacían de unas entrañas negras de pesares y podridas de indiferencias. Llegó a casarse, creo, y tuvo un hijo al que maltrataba insistentemente. Golpes, moratones, costillas rotas... El marido se cansó y se alejó con el pequeño. Nunca hemos vuelto a saber de ellos. Ella se quedó con una casa que no merecía y un dinero que el marido le dio por lástima. Nunca entendí cómo un hombre bueno pudo enamorarse de semejante monstruo. Nos acercamos a ella, se pone frenética amenazándonos con más furia. Coge una piedra y la arroja, pero en ese cuerpo seco de afectos apenas quedan fuerzas para atinar en su objetivo. Vive sola, amargada, encerrada en un mundo de pesadillas labradas día a día. Sus vecinos la oyen suplicar por las noches o entonar lamentos lúgubres, ayes de dolor fingido. Las noches se hacen eternas en sus quejas y cuando protestan ella se ríe y amenaza con que nunca les dejará dormir. Creo que hoy su maldad se ha tornado locura, pero no por eso daña menos. Fue recluida en un psiquiátrico y su comportamiento fue tan ejemplar y la dejaron marchar. Dicen que la mirada maliciosa cuando traspasó la cancela del recinto era premonitoria de las maldades que pensaba cometer. Cora le hace frente, es la primera vez que la veo rechinar los dientes en señal de amenaza, la mujer se achanta y baja el palo, gira la cabeza y escupe a nuestros pies. Sujeto a Cora, le acaricio la cabeza encrespada.-No te preocupes, a nosotras no puede hacernos daño, ya sólo se hace daño ella-. Continuamos nuestro paseo sin volver la cabeza. Es triste la soledad pero lo es mucho más la maldad.

29 de Mayo de 2005

29 de Mayo de 2005 Hoy se celebra la fiesta del Corpus Christi. Las calles se engalanaron anoche para saludar el paso de la custodia. Brillo, esplendor, mantones heredados guardados en arcones olvidados que sólo se orean de año en año. Cornucopias de pan de oro arrumbadas en zaguanes cubiertos de polvo que son limpiadas y devueltas a su esplendor de antaño por un día. Jarrones de lustre engañoso que fueron cincelados de óxidos en el discurrir de los años. Retamas y jaras que sirven de fragantes alfombras balsámicas que mecen el paso del pan sagrado. Oropeles que enmascaran las calles desconchadas, ajadas por el tiempo. Hoy se estrena ropa, lo dice la tradición, los atavíos de ceremonia son desempolvados y afeites y maquillajes compondrán la imagen real que hay que pasear. El día está nublado, anoche unas fuertes ráfagas de aire podían hacernos pensar que habría tormenta, pero sigue sin caer agua. El cielo plomizo recoge las apariencias, las fachadas restauradas con bellas envolturas impidiendo que reluzcan los brillos ajenos. Nada es lo que parece, donde encontramos un fastuoso altar se esconde una pared con desconchones a punto de derrumbarse, donde una señora altanera cubierta de oro y brillantes, una pobre mujer que solo aspira a ser admirada por sus adornos y no por sus verdades. Ayer se derrumbaron fachadas y aparecieron escombros donde antes había esplendor. Todos nos equivocamos al juzgar pero por el mismo hecho de juzgar. Ayer, el dolor de la separación de Cora no me permitía dar un voto de confianza a aquella que me obligaba a separarme de ella durante un día, apenas dos. Ella vino con sus aires de gran señora, sus perfumes de cristal tallado, sus joyas de brillos opacos que no pueden competir con el rocío en una hoja al amanecer; ni un pelo descuidado y su cara cubierta de afeites dibujaba una sonrisa de falso carmín. Aparentaba las poses de una señora decimonónica, con gestos afectados. Era un papel falso, al principio la repulsión de su figura, su presencia impuesta y mi separación obligada me impedían ver a través de unos ojos aterrorizados que sólo imploraban una ayuda que se sobreponía a la capa de orgullo protector. El campo, que lo dulcifica todo, le hizo ir perdiendo el color artificial de carísimos polvos compactos para ir mostrando su palidez cadavérica. Dábamos un paseo por los alrededores después de comer mientras los caballeros disputaban su honor en una partida de mus. El aroma a campo iba desplazando su altanería, la sencillez de hierbas aromáticas sustituían los elaborados perfúmenes que se apagaban a su paso. El sonido de las hojas arrulladas por silenciosas brisas iba devolviéndole una calma que ya ni recordaba. Los colores del cielo, límpidos, inmaculados, suaves le hicieron volver a épocas en las que era feliz, a recordar sus campos, sus olores, sus risas. El corazón rebosante de nuevo de un espíritu que creía olvidado, desató sus sentimientos y a mí, que apenas me conocía, con quien no había tenido nunca una charla de amigas, a mí que la denostaba por haber sido la causante del alejamiento de Cora, pues a mí abrió su espíritu desgarrado confesando miedos y ansiedades. El cáncer iba corroyendo sus entrañas, el tratamiento era insoportable, las esperanzas eran mínimas y no sabía afrontarlo. Se derrumbó en mis brazos y yo pensé cuán injustos somos. Me culpé de intransigencia, de ceguera, de absurdos prejuicios, yo era como creía que era ella. Le di mi hombro para que llorase, mi pañuelo para que enjugase sus lágrimas y le ofrecí las palabras que mi corazón me dictaba, no sé si le han servido, me ofrecía para lo que quisiese. Se vació de orgullos fingidos y se lleno de campo. Me habló de sus temores a los perros y yo le hablé de Cora. Es curioso, fuimos a verla. No abrí la verja porque vi el miedo dibujado en sus ojos y no merecía la pena hacerla sufrir más de lo que ya sufría. Fue capaz de acariciarle el hocico y Cora se dejó acariciar. Se alegró al verme pero su reacción fue tranquila, como si supiese que todavía su encierro no había terminado y lo aceptaba. Volvimos a la casa, ellos seguían jugando a las cartas. Quiso lavarse la cara y dejar el rostro al aire, al aire purificador de prados no contaminados, el alma se oreaba y el cuerpo se tersaba bajo los últimos rayos de sol de la tarde. Nos despedimos con un abrazo sincero sellando una amistad que había supuesto imposible. Se marcharon de noche, ella prefería descansar en su casa y amanecer hoy allí. Él me ha sonreído por primera vez desde hace tanto que la memoria juega conmigo escondiendo los recuerdos. En el brillo de sus ojos he leído que lo sabe, que quería ayudar a su amigo, que esta vez no han sido negocios aunque esa fuera la excusa, lo he leído pero no me ha dicho nada. La verdad es que hoy sus palabras no me hacían falta, su voz ha callado una vez más pero sus ojos no han podido. Mañana iremos a la procesión y después Cora volverá a su hogar.

28 de Mayo de 2005

28 de Mayo de 2005 "...Harto ya de estar harto ya me cansé, de preguntar al mundo por qué y por qué..."
Esta canción se encadenó ayer a mí y no puedo abandonarla. Revolotea incesantemente pisoteando mis pensamientos, machacando minutos, repicando como campanas que anuncian cada nuevo instante. Me sacudo la cabeza con fuerza, con a energía del que quiere volver a ser dueño de su propio pensamiento, pero la canción suena una y otra vez. Hoy me espera un arduo día. Tendré que dejar a Cora fuera de mi vida para colocar a unas muñequitas de ciudad en el lugar que es suyo. No me imagino alejada de ella durante más horas de las que sabría contar, a base de repetírselo y de repetírmelo creo que me ha entendido:-No es abandono, es una separación momentánea, antes de que te des cuenta volveré por ti.- Una lágrima surca mi rostro cada vez que me acerco a ella. Puede que los perros no tengan noción del tiempo, que lo que para mí va a ser una eternidad, para ella sea un instante. No sé. Estoy harta, me repite de nuevo la canción. Estoy harta de una vida de apariencias, de que él sólo me busque cuando necesita complacer a otros, agasajar a otros, halagar a otros. De nada me valdrá mi esfuerzo si todo queda como a él le gusta, será mi obligación, pero si algo falla toda la culpa recaerá sobre mí. Pintaré mi cara de sonrisas ajenas, velaré mis ojos con el brillo de ciudad lejana, sepultaré los tomillos con el aroma a suficiencia que destilan cuerpos impregnados, disfrazados de olores embotellados que se compran a dos duros en superficies deshumanizadas. Harta de envidias. Me río por no llorar. Vendrán, como otras veces, encontrando desperfectos en paredes ajenas y tras engullir unos espirituosos, desatarán lenguas viperinas y una vez más se jactarán de despilfarrar los bolsillos que tanto les cuesta a los maridos llenar, se prodigarán en vilipendiar a otras amigas, difamación gratuita, deporte de sociedades saciadas, rivales de esplendor en salones mundanos. Se sienten floreros, adornos relumbrantes y saben, en el fondo de unos corazones enterrados en maquillaje, que sus vidas están más vacías que las mías. El alcohol que todo lo trasmuta abrirá bocas y cerrará mentes, aflorarán sentimientos y cuando los efluvios etílicos pasen y recuerden jirones de corazón desprendidos, sentimientos olvidados escupidos, o sueños que el dinero no puede comprar, se sentirán más desgraciadas y arremeterán como fieras enjauladas contra el primero que cruce su territorio. Y allí estaré yo como testigo mudo de desgracias ajenas de soledades que son la única soledad, de despropósitos que se visten de venganzas, de palabrería que se amontona como la basura en los contenedores y me sentiré menos sola en mi soledad. Sé que en otras reuniones seré yo el centro de conversación, me llamarán pobrecita, dirán lo descuidado de mi aspecto por no ir dos veces a la semana a la peluquería, por no lucir los últimos modelos de modistos de relumbrón, por no poder acudir a las fiestas que engrandecen e iluminan presencias como las suyas, y yo que las oigo sin que aún se hayan ido de mi casa, que las oigo en fiestas que han de venir, me alegro de haber roto con esa vida, de que mi soledad sea menos soledad porque Cora está junto a mí. Pobre Cora, tener que apartarla de su casa por vanidades envilecidas con venenos de envidias. Quizás sea mejor que no respire el aire emponzoñado que destilan sus anodinas existencias a través de poros corroídos de esplendores decadentes. Él, a pesar de mi insistencia, ha contratado una chica para que nos sirva, mi papel es atender a las visitas, no servirlas. Estoy harta de tonterías, de discusiones, cedo, los manjares están preparados, las delicias servidas. Cómo echo de menos a Cora y aún está a mi lado. Es hora de llevarla al destierro. No ha entrado en toda la mañana a la cocina, hoy durante los preparativos, estaba tumbada en la puerta. Extraña inteligencia animal que sabe comportarse mejor que las personas sin haber aprendido en escuelas de urbanidad. Cae una nueva lágrima de mis ojos marchitos de dolor. Es la señal, se acerca a la puerta, la acaricio. Me devuelve el calor de su amor con un roce en mis piernas, sabe que hoy no dormirá aquí, estoy segura que lo sabe y se resigna, como yo. El paseo ha sido amargo, no había música en las nubes, no había aromas en las manzanillas, el color había abandonado a los cerezos. Abro la verja, ella entra. Con el hocico húmedo me echa hacia fuera. Lo ha entendido y no quiere que sufra por ello. Avanza sin mirar atrás con un paso cansino. Se gira, me mira y continúa hasta una sombra bajo un árbol. Se tumba, no se resiste. Tengo que volver, un pañuelo enjuga este abandono. Mañana vendrá pronto, volveré a por ti. Me giro y no puedo volver la cabeza para un último adiós. Estará bien, me digo, seguro que mejor que yo. Deben estar a punto de llegar. He de aligerar el paso. Como dicen en el circo: "El espectáculo va a comenzar"

27 de Mayo de 2005

27 de Mayo de 2005 Vuelve a ser viernes. Los días caen del calendario estrellándose contra el suelo, un día más vivido, uno menos por vivir. Este fin de semana veré rota mi rutina. Uno se ancla a su rutina como tabla de salvación a la que agarrarse, quizás no para sobrevivir pero puede que como sea el único asidero que te mantiene a flote. Mi rutina se verá dolorosamente alterada porque, a pesar mío y por primera vez desde que llegó, voy a tener que mantener alejada a Cora de mí, de mi casa. Mañana pasearé con ella pero en dos días no podrá regresar. La llevaré a una pequeña finca que tenemos a las afueras del pueblo. No sé cómo explicárselo. ¿Podrá entender que no la abandono?, que es una imposición de él, que la echaré de menos como se echa de menos a un amigo que parte de tu lado aunque sepas que va a volver. No quiero que sufra, sus ojillos me dirán adiós, se resignará. Dos días pasan rápido, me engaño. Yo estaré ocupada y su recuerdo me asaltará como flashes de fotos que disparan cuando menos lo esperas, pero y ella, ¿qué sabe ella de retornos? Ella sabe de abandonos, de soledades, de amor pero eso se le va a romper. Yo sé que volverá a mí, que apenas podría pasar ya sin Cora, pero no quiero que sufra, no sería justo. Cualquiera que pudiera leer mi pensamiento diría que estoy chocheando, que tanto alboroto por un perro, por un perro que además va a volver. Quizás tengan razón pero no quiero que sufra. Mañana vienen unos compañeros de trabajo de él, tengo que agasajarles con la mejor de mis caras y ser la anfitriona perfecta, deleitarles con conversaciones intrascendentes haciendo que se sientan en su propia casa, cocina selecta, buenos vinos... Parece ser que la mujer de uno de ellos no soporta ninguna clase de animal cerca, no sé si será miedo, asco, o quizás alergia que está tan de moda, el caso es que no puede quedar rastro de Cora. Va a ser un fin de semana duro, desempolvaré mi careta, me disfrazaré para este carnaval tardío, se hará todo a su gusto y confío en que llegue pronto el domingo para ir a rescatar a Cora de su encierro. ¡Vamos bonita, el campo ha desplegado su manto de romero y manzanilla para nosotras!

26 de Mayo de 2005

26 de Mayo de 2005 Hace calor, demasiado calor para finales de Mayo. No entiendo de tiempos, ni de cabañuelas, ni de predicciones más allá de lo que voy a cocinar hoy, pero la sequía amenaza nuestras tierras sedientas de un líquido casi más preciado para ellas que nuestra propia sangre. Lágrimas de sangre brotarán de los ojos de campesinos hastiados de trabajo que verán cómo sus cosechas se perderán otro año más. Lágrimas de sangre que no podrán aliviar las estrías profundas, los caballetes alzados por las callosas manos que esperan recoger una cosecha que se morirá en la planta hastiada de calor. Las flores se agostan a nuestro paso y los caminos arderán en un baile macabro de llamas sempiternas que, como ave fénix, reviven año tras año, danzando sin control. Abrimos los grifos y sale agua a borbotones, son los últimos estertores de pantanos y embalses que apuran su sangre transparente para ofrecérnosla en sacrificio y nosotros despreciamos los sacrificios de la tierra, de la madre tierra que quiere permanecer viva y la estamos matando. No hay vida sin sangre, no hay vida sin agua. Nuestros pasos levantan polvo, Cora corretea entre guijarros tempraneros, un gazapo asoma sus orejitas de algodón. Cora corre hacia él pero es más rápido, se esconde en túneles subterráneos donde el calor no alcanza. Cada día horadan la tierra en busca del agua que se refugia en su interior sin saber que si el corazón húmedo de la tierra desaparece nunca más brotará su sangre. Ayer vi una avería en una calle alejada, manaba el agua como un geiser, nadie intentaba parar este derroche que nos empobrece aún más. Agua desperdiciada, agua muerta que se escapará a otras tierras, a otras nubes. Las frutas que comienzan a colorear los campos se tiñen de lutos de sequía. Si mis hijos estuvieran en peligro daría hasta la última gota de mi sangre por ellos pero si de agua se trata no conocemos a hijos ni a hermanos, nos volvemos egoístas, o son los que tienen la riqueza, el agua de vida los que se agarran a ella como avaros abrazando el dinero. ¿Cuándo entenderán que el agua es de todos? El agua debería ser patrimonio de la humanidad como tantos monumentos o ciudades que tan sólo dan belleza y no es poco, pero el agua da vida. Reanudo mi paseo con Cora desangrándome con cada cereza, con cada albaricoque, pera o ciruela que piden ansiosas una lágrima que les aporte el suero para continuar.

25 de Mayo de 2005

25 de Mayo de 2005 Los días amanecen antes de que los rayos de sol acaricien el horizonte y se prolongan más allá de los caminos de estrellas. Una mañana tras otra los ojos abandonan el reino de Morfeo iniciando su andadura un poco antes, robándole tiempo al letargo que aturde mi soledad. Como si se tratase de seres regidos por la luna, los ojos varían su ciclo impidiéndome ese descanso que tanto necesito, pero ellos no son los responsables de mi falta de sueño, no sería justo cargarles con culpas ajenas. Las sábanas rozaban mi cuerpo alienado, las manecillas del reloj habían detenido su paso y la ausencia no era sólo del alma. Otra noche más y él no llegaba a casa, otra noche más y la cena, fría como la lápida de unos sentimientos olvidados, descansaba en un comedor que tampoco esa noche se iba a usar. Trabajo, siempre trabajo, esa es la excusa que redobla eternamente en su boca. Vivir para el trabajo, apoltronarse tras la mesa de un despacho que representa poder, energía, superioridad, dinero, ¿es eso lo que llama vida? Qué vida es la que te hace perder los momentos felices, la que aparta hasta lo más nimio en favor de negocios fabulosos, la que compensa con dinero la falta de un beso de buenas noches de unos niños que pronto dejarán de serlo, la que indemniza con costosos regalos los tiempos ausentes, la que olvida vidas ajenas llegando a ser el olvido de la propia, la que marchita el amor por no detenerse a regarlo. Tú no entiendes, me dice. Yo soy importante, dependen de mí. Sí, dependerán de él, pero si nosotros hemos aprendido a sobrevivir sin él, si nos hemos hecho resistentes de la vida, resistentes a la falta de caricias, de tiempos, de ilusiones compartidas, de..., de tantas cosas que ya ni me acuerdo, si nosotros que lo queríamos, que a pesar de todo lo queremos, hemos sido capaces de vivir sin él, cualquiera puede hacerlo. Él piensa que tenemos la obligación de estar, simplemente estar, quizás nos hayamos convertido en una parte más del mobiliario que adorna su vida. Mis hijos han conseguido aislarse de esta ausencia, aunque en el fondo de sus almas queda un hueco helado, vacío, lo sé, mi corazón de madre repara en ello cada vez que los veo. Ya no quedan excusas, él obra ateniéndose a conciencias fabricadas que lo sepultan todo. Me pregunto si se viera solo, si nadie le esperara al volver a casa, si no tuviera a quien despreciar con ausencias baldías, qué ocurriría. Me reconozco cobarde, ya no sabría empezar de nuevo, ¿mi soledad sin compañía sería más soledad? Transitaré, una vez más, el surco que se abre en mi camino de ausencias, saludaré a la mañana con un paseo reparador, me detendré ante una nueva flor que nace, o un pajarillo que canta, observaré al gazapo correr hasta su madriguera y a Cora espantar las penas con sonrisas de alma. Seguiré arando esta mi tierra, aunque ya sólo sea un pedregal.