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29 de Mayo de 2005

29 de Mayo de 2005 Hoy se celebra la fiesta del Corpus Christi. Las calles se engalanaron anoche para saludar el paso de la custodia. Brillo, esplendor, mantones heredados guardados en arcones olvidados que sólo se orean de año en año. Cornucopias de pan de oro arrumbadas en zaguanes cubiertos de polvo que son limpiadas y devueltas a su esplendor de antaño por un día. Jarrones de lustre engañoso que fueron cincelados de óxidos en el discurrir de los años. Retamas y jaras que sirven de fragantes alfombras balsámicas que mecen el paso del pan sagrado. Oropeles que enmascaran las calles desconchadas, ajadas por el tiempo. Hoy se estrena ropa, lo dice la tradición, los atavíos de ceremonia son desempolvados y afeites y maquillajes compondrán la imagen real que hay que pasear. El día está nublado, anoche unas fuertes ráfagas de aire podían hacernos pensar que habría tormenta, pero sigue sin caer agua. El cielo plomizo recoge las apariencias, las fachadas restauradas con bellas envolturas impidiendo que reluzcan los brillos ajenos. Nada es lo que parece, donde encontramos un fastuoso altar se esconde una pared con desconchones a punto de derrumbarse, donde una señora altanera cubierta de oro y brillantes, una pobre mujer que solo aspira a ser admirada por sus adornos y no por sus verdades. Ayer se derrumbaron fachadas y aparecieron escombros donde antes había esplendor. Todos nos equivocamos al juzgar pero por el mismo hecho de juzgar. Ayer, el dolor de la separación de Cora no me permitía dar un voto de confianza a aquella que me obligaba a separarme de ella durante un día, apenas dos. Ella vino con sus aires de gran señora, sus perfumes de cristal tallado, sus joyas de brillos opacos que no pueden competir con el rocío en una hoja al amanecer; ni un pelo descuidado y su cara cubierta de afeites dibujaba una sonrisa de falso carmín. Aparentaba las poses de una señora decimonónica, con gestos afectados. Era un papel falso, al principio la repulsión de su figura, su presencia impuesta y mi separación obligada me impedían ver a través de unos ojos aterrorizados que sólo imploraban una ayuda que se sobreponía a la capa de orgullo protector. El campo, que lo dulcifica todo, le hizo ir perdiendo el color artificial de carísimos polvos compactos para ir mostrando su palidez cadavérica. Dábamos un paseo por los alrededores después de comer mientras los caballeros disputaban su honor en una partida de mus. El aroma a campo iba desplazando su altanería, la sencillez de hierbas aromáticas sustituían los elaborados perfúmenes que se apagaban a su paso. El sonido de las hojas arrulladas por silenciosas brisas iba devolviéndole una calma que ya ni recordaba. Los colores del cielo, límpidos, inmaculados, suaves le hicieron volver a épocas en las que era feliz, a recordar sus campos, sus olores, sus risas. El corazón rebosante de nuevo de un espíritu que creía olvidado, desató sus sentimientos y a mí, que apenas me conocía, con quien no había tenido nunca una charla de amigas, a mí que la denostaba por haber sido la causante del alejamiento de Cora, pues a mí abrió su espíritu desgarrado confesando miedos y ansiedades. El cáncer iba corroyendo sus entrañas, el tratamiento era insoportable, las esperanzas eran mínimas y no sabía afrontarlo. Se derrumbó en mis brazos y yo pensé cuán injustos somos. Me culpé de intransigencia, de ceguera, de absurdos prejuicios, yo era como creía que era ella. Le di mi hombro para que llorase, mi pañuelo para que enjugase sus lágrimas y le ofrecí las palabras que mi corazón me dictaba, no sé si le han servido, me ofrecía para lo que quisiese. Se vació de orgullos fingidos y se lleno de campo. Me habló de sus temores a los perros y yo le hablé de Cora. Es curioso, fuimos a verla. No abrí la verja porque vi el miedo dibujado en sus ojos y no merecía la pena hacerla sufrir más de lo que ya sufría. Fue capaz de acariciarle el hocico y Cora se dejó acariciar. Se alegró al verme pero su reacción fue tranquila, como si supiese que todavía su encierro no había terminado y lo aceptaba. Volvimos a la casa, ellos seguían jugando a las cartas. Quiso lavarse la cara y dejar el rostro al aire, al aire purificador de prados no contaminados, el alma se oreaba y el cuerpo se tersaba bajo los últimos rayos de sol de la tarde. Nos despedimos con un abrazo sincero sellando una amistad que había supuesto imposible. Se marcharon de noche, ella prefería descansar en su casa y amanecer hoy allí. Él me ha sonreído por primera vez desde hace tanto que la memoria juega conmigo escondiendo los recuerdos. En el brillo de sus ojos he leído que lo sabe, que quería ayudar a su amigo, que esta vez no han sido negocios aunque esa fuera la excusa, lo he leído pero no me ha dicho nada. La verdad es que hoy sus palabras no me hacían falta, su voz ha callado una vez más pero sus ojos no han podido. Mañana iremos a la procesión y después Cora volverá a su hogar.

1 comentario

maría josé -

He respirado esos olores de campo, he sentido el aire rozarme...tu blancura, tu sinceridad, tu generosidad.
Un beso grande guapa.