23 de Mayo de 2005
El café de la mañana es dulce por las horas que me quedan por compartir y amargo por la despedida que se acerca. No, no voy a desperdiciar las últimas horas, no sé cuando llegarán las siguientes. Una amiga de mi hija ha dado a luz y esta mañana, después del paseo, iremos a ver a su preciosa criaturita. Apenas guardo en mi memoria el rostro de mis hijos cuando nacieron, quizás ese primer instante en el que los vi, ese momento en que dejamos de ser uno para convertirnos en dos, el minuto en el que el cordón que nos unía fue seccionado por el bisturí de la vida, ese es el único que mantengo como parte de mí. Sus rostros fueron cambiando con cada nuevo amanecer, con cada nueva leche mamada, con las primeras papillas y el primer currusquito de pan, pero esas imágenes ya no son mías, quedaron inmortalizadas en fotografías que mantienen su recuerdo impreso en papel, sus risas estáticas, sempiternas, sus pucheros congelados en un tiempo que nunca será más, pero ese primer instante es y fue sólo mío. Su olor, ese olor a bebé recién nacido es el perfume que jamás podrá ser embotellado, la alegría, ese estallido de alegría que sobreviven a la expulsión de tu cuerpo dolorido, ese querer saber, ese instante que te lo colocan en tu barriga, ahora yerma, árida, campo que fue abonado y ahora es abandonado, te sientes vacía de cuerpo pero plena de espíritu y todo cambia cuando lo oyes llorar por primera vez, cuando se te engancha en una teta que no sólo sabrá alimentar un cuerpecito indefenso sino que será el sustento que le acompañará el resto de sus días.¡Qué bonitas son las manos de un bebé! Esas uñas perfectas que prolongan sus dedos más allá del infinito, sincronizadas con un tiempo que ha de venir en el cual sé harán duras, rebeldes, puede que curvadas, quebradizas o cuidadas más allá de sus propias cualidades. Las manos de un bebé es el lazo de unión con la vida, quieren asirla, agarrarse a ella, sentirse seguros a través de unos dedos que se aferran con toda la fuerza que son capaces de desplegar. Cuando vea a esa criaturita soñaré con tiempos pasados, tiempos de desvelos, de inquietudes, de vigilias infinitas que unían un día con otro pero también con ese amor infinito que sólo el corazón de una madre puede albergar. Recordaré sufrimientos, penas, llantos, dolor, pero sobretodo, sonrisas, el primer diente, la primera palabra, los primeros pasos y ese tiempo que pasó tan rápido sin haberlo disfrutado más.
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