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PAISAJE 3

PAISAJE 3 Mis ojos de niña se abrían expectantes ante la visión de la inmensidad azul que se fundía con un cielo que parecía el infinito traído a mis pies. Algeciras, la playa del Rinconcillo, la casa de mi padre. Era la primera vez que veía el mar y quise correr hacia él, fundirme con él, abrazarlo y abrazarme fundirme con una nueva visión que nacía en aquel verano de hace tantos años que casi ni me acuerdo. La memoria, perezosa en su camino de vuelta apenas quiere regalarme con el recuerdo de días de felicidad, de castillos de arena y de caracolas que corrían hacia mares que se alejaban de sus dominios fronterizos. Una vasta extensión de arena, unos pocos veraneantes y una muchacha rubia, que paseaba su cabellera perfectamente alineada con la mar calma, como la espuma de las olas al romper, cuyo pie tropieza con un cristal abandonado y se abre en una fontana de vida roja que se escapa entre los granos de arena mientras su rostro se va tornando pálido y abandona el tinte bronceado que su piel lucía transformándose en blanquecino de dolor. Recuerdo los pasos firmes de mi padre que corre en su auxilio y se la lleva de la playa. Cuando regresa, para mí es un héroe, ha salvado el pie de la chica y si no hubiese sido por él quizás lo hubiera perdido. Mi mente corría más veloz que la sangre que desbordaba su piel y yo veía al cirujano con una sierra oxidada seccionando el pie de la muchacha de cabellos de espuma de mar. Recuerdo a mi abuelo que cada día se despedía de mi hermana y de mí cuando se introducía en el agua y nadaba despacito, con suavidad, con la marcha de un anciano que parece no avanzar pero no se detiene, hacia otras tierras, hacia Gibraltar decía, o hacia Marruecos, para comprar un tabaco que nunca fumaría porque él no fumaba. Y nosotras, en la orilla, con la cabeza cubierta por un gorrito que mi madre se empeñaba en ponernos, agitando pañuelos imaginarios, despidiéndonos del abuelo y deseándole buen viaje. Y esas tardes en un bar de playa con gentes que parecían familiares y me alzaban por el aire en vuelos de gaviotas etéreos, o las cartas que se arrastraban y se envidaban y yo creía que se marchaban porque las enviaban a otros lugares, y voces y olor a tabaco y a aguardiente. Recuerdos de una niñez que me mostró por primera vez la mar en un lugar donde el mar moría y el océano nacía.

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