PAISAJE 2
Oréganos en flor, castaños en sazón, nogales con nueces tiernas, grandes barrancos y siempre la casa de María con su gran terrao. Los colores del verano se entretienen en las faldas de las montañas. El aire de la sierra debe penetrar en los pulmones marchitos de mi hermana y emigramos un mes mi madre mi hermana y yo a las cumbres más altas de Granada. Capileira nos acoge cuando el turismo casi ni se ha inventado, no para estos parajes que salvajes brotan por doquier. Mis ojos siguen con pocos años y todo me parece enorme. Árboles inmensos con sombras redondeadas que dan cobijo a familias enteras. Campos de hierbas que huelen a niñez, a fresco, a eterno. Nogales que se plantan para que la niña recién nacida tenga sus muebles de dote. paños oscuros que cubren cabezas sudorosas, manos ajadas, rostros surcados por mil arrugas. Moras, tarros enteros llenos de moras que saboreamos con la ilusión de niñas que nos llenan de caramelos. El sonido de un riachuelo, los grandes paseos al atardecer que, puede que no fueran más de unos pocos cientos de metros pero que, para nuestras cortas piernecitas parecían kilómetros . Y siempre presente aquella noche de tormenta, el rayo en la plaza, los terraos chorreando agua, las cacerolas de porcelana tintineando en una melodía infernal, el cielo cayéndose a pedazos y mi madre diciendo que no pasaba nada, que la casa quería componer una sinfonía y estaba ensayando. -Es que no podemos dormir con el ruido- dije.- Si no te duermes, la casa se enfadará y el sonido será terrorífico.Cualquiera enfadaba más a la casa. De vuelta a una cama inmensa, donde mi hermana dormía, y con el tintineo del agua al caer, conseguí dominar mis miedos y arrojarme a los brazos de quien hoy llamo Morfeo y que antes no tenía nombre.
Aspiro una nueva bocanada de aire y María, siempre de luto, nos conduce por una vereda imposible hacia su cortijo. Mi madre y María delante, nosotras somos demasiado pequeñas para ir andando y nos colocan en los serones de una burra que renquea al andar. La hija de María atrás, arreando a la pobre burra, el barranco de Poqueira a la izquierda y una pared a la derecha, cuatro años que creímos que serían los últimos que disfrutaríamos. ¡Arre bu...! era el grito de ella y la mano imprimía ágil un movimiento a la vara que le indicaba el camino a la burra coja. - Es que hay que darle para que no se pare-decía.
-Por favor, no le pegues más que nos vamos a caer.
Aquel viaje sólo quedó presente en mi memoria como el día en que casi me despeño con la burra coja. Si alguna vez tuve aficiones de amazona se borraron en esa jornada.
Volvemos a los prados de las cumbres, llenamos los sacos de orégano para que el invierno huela a alpujarra, el frío se va desparramando por las cumbres y el sol calienta sólo las horas centrales del día. Las rebecas por la tarde y mantas con olor a rancio por la noche. Mi padre viene con un taxi a por nosotros, el verano acaba en la cumbre pero comienza en la playa, aunque ese es otro paisaje.
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blind -
Anónimo -
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