RETRATO 2
Dedicado a TriniSu pasear por la vida fue majestuoso, elegante y sobre todo sincero. Pocas personas podrían decir que no era una señora, sí una SEÑORA con mayúsculas. Una señora de manos eternas con las que acariciar el alma, una señora de cariños inmensos con los que cobijarte bajo sus alas, una señora de luz, de alma límpida y mirada serena. Así era ella. Cuando la conocí, apenas recién llegada, se ofreció a mí como amiga, sin dobleces, sin engaños. Encontré entre sus brazos los abrazos que dejé atrás, las caricias que no me darían los míos, las sonrisas que se apagaban tras la partida. Me ofreció su casa y su corazón. Yo tardé en aceptarlos, mi nueva vida me constreñía y un abrazo era un apretón más. Ella supo esperar y, cuando estuve preparada, pude abrigarme entre sus brazos de madre eterna. Compartimos café, vida, esperanzas y sueños. Un día comenzó a sentirse mal, lo achacaba a indisposiciones pasajeras, tardó en acudir a un médico, se debía a su marido que atrapado entre las pinzas de un cangrejo la reclamaba. Cáncer. Dura palabra para compartir, dura palabra para vivir. Los dos habían comenzado el mismo viaje pero cabalgaban a lomos de distintos corceles. El caballo de él se desbocaba, se encabritaba y relinchaba contra todo el que se acercara, luego, cansado y agotado apenas un susurro salía por sus fauces. El de ella era una yegua alazana, tranquila, templada ante las embestidas de la vida, noble de espíritu, espaldas anchas donde soportar cargas propias y ajenas. Las arremetidas de jornadas sempiternas las templaba a paso lento y sonrisa en la boca. Su fortaleza de espíritu, su carácter amable, siempre una palabra para alentar penas ajenas, siempre una sonrisa para contestar a sus penas. El cangrejo avanzaba y la yegua se detenía, pero siempre un nuevo aliento inventado le hacía dar otro paso más. El caballo llegó a la meta y ella debía continuar. Siempre estuvimos a su lado y era ella la que tenía palabras de consuelo para nosotras. El alma se nos rompía y ella pegaba los trocitos. Su carrera se iba terminando. Veíamos su paso cansino, su cara de dolor y siempre, siempre esa sonrisa que nos acariciaba y nos apuñalaba. Tenía sed y el agua le quemaba, quería vivir y la vida le abandonaba. Detuvo su paso un domingo por la noche, acabó la semana que había empezado y le robó unas horas a un lunes incierto. Todos la lloramos pero sonreía nuestro corazón en una despedida amarga como la hiel de la separación. Juramos que no se iría, que nos acompañaría en el café de cada día, en la terraza del mesón los viernes a la caída del sol, en partidas de cartas que distraían tiempo y dolor. Ella permanecería con nosotras pero sobre todo lo que perdura es su recuerdo, su actitud ante la vida y ante la muerte, su modo de afrontar los pesares y de compartir alegrías. Ella, desde donde esté, brillará para siempre y su luz nunca se apagará de nuestro corazón.
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