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4 de Mayo de 2005

4 de Mayo de 2005 ¿Demasiado temprano o demasiado tarde para comenzar? Vuelvo de caminar entre las brumas del amanecer, esperando que el aire frío de la mañana me despabile de una noche más en blanco. Una semana ya que no he visto a mi nieta. Escondida entre los brazos de una sobreprotectora madre, que evita el contacto con el mundo exterior, mi pobre María sueña con despertar de la pesadilla del encierro entre cuatro paredes blancas con nubes rosas que la albergan desde que nació. Sabe que ya puede salir, oler el aire de la mañana, revolcarse entre romeros y manzanillas, adquirir el color a tierra que la hará fértil, pero su madre se niega. Si su niña florece ella quedará vacía, como yo, vacía porque la vida que engendramos no nos pertenece. No, es un préstamo de la madre naturaleza, un préstamo que debemos devolver con intereses. Criamos a los hijos, los educamos lo mejor que podemos, sabiendo que ellos se quejarán, que no apreciarán nuestro sacrificio de amor, que no sabrán de padres hasta que tengan hijos.
La mañana se dibuja en el horizonte. El sol velado entre nubes de desesperación lucha por vencer la alborada. El olor de campo se transforma en olor de pueblo despierto, los primeros panes florecen tras las tahonas curtidas de sudor, curtidas de esfuerzo y amor. Las chimeneas ya no danzan alrededor de llamas perpetuas, la leña aguardará mortecina hasta que el frío otoño anide de nuevo en nuestras vidas, pero yo ya estoy instalada en mi otoño perpetuo, otoño de vida sin retorno. La primavera se deshace en color y calor, no hacen falta llamas en el hogar, dicen, pero yo siento frío en el alma y ésa es difícil de calentar. Los corazones de los adolescentes comienzan una danza frenética, corazones hirvientes, sangrantes, rebosantes de sensaciones, corazones eternos, eternidad de días sin fin y noches de sueños y esperanzas. ¿Cuándo comencé a morir? ¿Son tantos 58 años?
Quiero que resurja la primavera, poder evocar aroma de los naranjos en flor, azahar, renacimiento, vida, sueños, esperanzas. Quiero ver a mi hijo feliz y quiero estrechar a mi nieta entre estos mis brazos ajados, flácidos por no abrazar, temblorosos de miedos infundados. Quiero volver a ser feliz.

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