5 de Mayo de 2005
Es tarde. Escribo en la soledad de la compañía lejana de un ronquido por música, pero hoy no me importa, he acariciado la felicidad. Es que ya me conformo con tan poco que cualquier aliento supone una inyección de felicidad. Se llama Cora, realmente acaba de estrenar el nombre y creo que se siente bien con él. Esta mañana, al volver de la carnicería, ha acomodado su paso cansino al mío. Sin mirarme a los ojos, me suplicaba con su vaivén de años sufridos que le dejase acompañarme. No sé qué se me pasó por la cabeza, o tal vez fue por el corazón. La vi reflejada en mí, en una existencia como la mía, peor que la mía. Yo tengo techo bajo el que guarecerme cuando hace frío, o calor, o lluvia, o lo que sea, da igual, pero ella, al igual que yo vivimos aisladas, en soledad impuesta por un abandono que en el fondo es el mismo abandono. Seguramente ella se escapó del lado de quienes le hacían daño, tuvo el coraje de decir basta y huir, yo sé que nunca lo haré. Me detuve y ella aminoró el paso, no se detuvo pero miraba de reojo, cruzó su mirada conmigo por primera vez y entonces lo supe, Cora viviría conmigo. En ese momento no me importó su origen, sus amos, nada. Me agaché y la acaricié. Estaba famélica, algunas cicatrices se escondían entre su pelo enredado, y por primera vez la llamé por su nombre: Cora, Cora de coraje por vivir, Cora de coraje por huir, Cora de corazón vivo que es lo que me hizo sentir. Me hizo sentir viva, tenía alguien que cuidar de nuevo. Tenía heridas en el cuerpo, las mías eran en el alma. Vidas paralelas que se unían. En ese momento no pensé en él, ni en su reacción. Fue en casa cuando, al limpiar las llagas, cuando frotaba el pelo hastiado de golpes y suciedad, me di cuenta que, como cada noche, volvería imponiendo la ley de su hombría, eso decía él, pero no puede ser hombre el que actúa así. Da igual, hoy he acariciado la felicidad y su recuerdo no me va a amargar. Sí, llegó tarde, oliendo a vinaza y traición, era el mismo olor que tenía profundamente enraizado en mi pituitaria, pero Cora no lo conocía. Oí un portazo, el mismo portazo que todas las noches se repite, la misma noche, la misma vida. Cora se asustó y lanzó un gemido al aire. Él lo escuchó, se quitó un zapato e intentó darle. Ella se refugió entre mis piernas. Casi me caigo:- Ese chucho fuera de mi casa -dijo como saludo. Pero Cora, entrelazada a mis piernas, enroscada a mi alma, me dio el coraje suficiente para hacerle frente y él se achantó. Aún no entiendo cómo pude revelarme, cómo tuve palabras que arrojarle, ni me acuerdo de lo que le dije, pero ahora Cora juguetea con mis zapatillas mientras él se ha mudado de habitación. Estoy deseando acostarme para dormir tranquila. Hace tanto que no sabré si podré conciliar el sueño y allí, a mi lado estará Cora para hacerme compañía.
Suena el teléfono.
Era María, he oído su sonrisa. Hoy, los hados se han confabulado para que acaricie la felicidad
2 comentarios
white -
jaime -
preguntas que insistían en la arena.
...Todo estaba vacío, muerto y mudo,
caído, abandonado y decaído,
todo era inalienablemente ajeno,
todo era de los otros y de nadie,
hasta que tu belleza y tu pobreza
llenaron el otoño de regalos.
(neruda soneto xxv)
Cual es tu belleza y tu pobreza? El aliento que te hace dar un paso más. El corage. Las palabras que te inventan...