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24 de Mayo de 2005

24 de Mayo de 2005 Esta mañana el café podría saber a soledad, a soliloquio, a vejez y no es por la ausencia sabida de Ana, es por la negación de los brazos que una vez me acariciaron, que una vez me abrazaron arrullándome en el eterno canto del amor efímero. ¿Por qué jurar amor eterno si la eternidad sólo la da la muerte? La eternidad de noches vacías, de ojos cansados, de brazos caídos, la eternidad de sonrisas apagadas, de desplantes no provocados, la eternidad de monólogos infinitos que dan calor a lo que resta de cuerpos rotos de pasiones profanadas. Cuando el diálogo se rompe es difícil establecerlo de nuevo. Quizás otras bocas hayan congeniado, quizás otros cuerpos se habrán rozado, quizás sea el mismo cuerpo que ha olvidado dialogar y se baste con discursos unívocos. Mi cuerpo siente frío, mi alma se heló con el primer rechazo, pero sigo teniendo necesidades. Me gustaría volverme de piedra, que pasara el tiempo erosionando la superficie sin penetrar en el interior, sin romper el corazón que se esconde tras las capas encallecidas de la roca, pero no puedo. Mi carne aún siente el latir, el palpitar de la sangre sobre mi piel. Aún soy capaz de enardecerme con su aroma y me desespera reconocerlo. No queda nada pero el deseo no se borra. Quizás me engañe sola y quede más de lo que quiero suponer y, así, evitar más dolor, más burlas del destino y de los Dioses que nos hicieron jurar votos que se han diluido antes de terminar el contrato. El aire de la mañana enfriará mis pulmones, me colmará de paz, me hará olvidar la viudez impuesta, retornará la cordura a un cerebro que ha desvariado espoleado por un corazón que ha querido resucitar pero que vive prisionero en un sepulcro de mármoles y oropeles, fachadas que otros envidian porque son incapaces de asomarse a interiores vacíos. Aborrezco la vida suntuosa, las apariencias engañosas de “ententes cordiales” que permanecen mientras el público aplaude. El café se ha enfriado, lo apuro de un trago, Cora me intuye y deja que me desahogue, me empuja con el hocico hacia la puerta, sabe que la mañana me templará, que asirá las riendas de mi deseo y me frenará otro día más.

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