8 de Mayo de 2005
Ayer fui a un concierto en el salón de actos de la Casa de la Cultura. Hacía tanto que no me daba una tregua y compartía espacio con otras gentes. Había saludado por la mañana a una vieja amiga y me lo comentó, le dije que no, que no me encontraba bien y que no me apetecía salir. Ella fue enredándome en sus palabras y aunque negaba la posibilidad de ir una y otra vez, su semilla iba anidando en mi interior y al acercarse la hora era como si las notas musicales que se escapaban de los instrumentos que comenzaban a calentarse, me asieran del brazo y me empujaran hacia ellas. Fue extraño, los ladridos de Cora parecían un aria de ópera, el trino de los pajarillos, las dulces voces de flautas traveseras que entonaban su canto para mi, el susurro del viento entre las hojas, clarinetes templados que murmuraban conjuros de acercamiento, los hombres que pasaban por la calle aligerando el paso para llegar al casino y ver el partido eran saxofones roncos en conversaciones sin fin. Parecía como si toda la naturaleza se confabulara para que la música atrapase mi corazón haciéndolo prisionero de un sentimiento que tenía por olvidado. Cuando mis hijos eran pequeños pertenecían a la Banda de Música. Recuerdo a su director, ¿cómo se llamaba? Antonio, sí, era Antonio Santamaría. Antonio tenía un don, amaba la música y hacía que todos los que estuviésemos a su alrededor sintiéramos la vida que desprenden las notas de una partitura. ¡Dios mío! Si hasta los niños adoraban las clases de solfeo. ¿Hay algo más árido para un niño, y un no tan niño que estudiar solfeo? Un año pasaba antes de que les entregara el instrumento y pudieran ir desgranando su alma, el alma de un saxo inerte o de un requinto inquieto. El comienzo fue difícil pero tan alentador. Él se desvivía por los niños y los niños, incipientes músicos, le pedían más. Pronto dieron el primer concierto, y el segundo y así hasta, no sé, fueron tantos y tan gratos momentos. Antonio supo implicar a todos en el gran proyecto que había iniciado, padres, abuelos, amigos... Éramos como una gran familia. Verle dirigir, un espectáculo. La música se adueñaba de su ser y cada nota se anticipaba con el movimiento de su brazo, de su batuta, de su cuerpo entero, de los poros de su piel emanaba música que se adueñaba de la sala. Evoco la figura de Antonio ahora que se ha ido. Se fue y no hay marcha atrás. Hoy en el concierto, creía verle a través de los brazos del director de una de las Bandas invitadas que han venido y es que cuando se siente la música el baile que desencadena es el mismo baile, amor en estado puro. Sonaba la percusión: Bom, bom, bom... era el nacimiento de un río. En el programa decía que era una obra de Malando y Vlak: El ciclo de los ríos. He cerrado los ojos y he visto el río nacer, crecer, discurrir por meandros escarpados entre grandes montañas, descender rápidos y saltar en cataratas eternas que no tenían fin, los afluentes llenaban su cauce y majestuoso discurría en su madurez hasta que lentamente se fundía con el mar. Era un río y eran vidas que iniciaban su andadura, recorrían su camino, se engrandecían a su paso, y dulcemente les llegaba el final fusionándose con un mar que extendía sus brazos para acogerlos en él.
Es curioso cómo cerrando los ojos puedes ver la música, las notas se transforman en imágenes, en visiones de lugares que puede que no existan pero que, en ese momento, son tan reales... Abro los ojos y el río ha desaparecido, estoy en mi realidad y debo volver. Cora me espera, no quiero que esté sola cuando llegue él. No se atrevería, pero no quiero darle esa oportunidad. Me alegro de haber salido, quizás lo debería hacer más.
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