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9 de Mayo de 2005

9 de Mayo de 2005 Cuentan de un sabio, que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas yerbas que cogía.
¿Habrá otro, entre sí decía,
más pobre y triste que yo?
Y cuando el rostro volvió,
halló la respuesta, viendo
que iba otro sabio cogiendo
las hojas que él arrojó.

Estoy leyendo "La vida es sueño". ¿Sueño, pesadilla? ¡Qué sé yo! Quizás lo sea y siendo sueño o pesadilla de ambos, algún día, deberíamos despertar. Cuando despiertas de una pesadilla no sientes el alivio de la realidad hasta que te das cuenta que todo ha terminado, pero es tan real, tan vívido, que dudas de si estabas dormido y has despertado o estabas despierto y te has dormido. Me ha impresionado estas estrofas, ya las conocía, claro, el colegio, el instituto, las clases de Lengua y Literatura que tanto aborrecía. ¡Qué malo es tener pésimos profesores! Esos que no te seducen con las palabras que enredan pensamientos y vidas, palabras que te acarician y te queman, palabras que te dan esperanzas y te acompañan, palabras de vida y muerte, de honores y desengaños, palabras, palabras, palabras con las que comunicarnos. Las letras te enseñan como te enseñan los buenos amigos, pero para ello hay que saber escucharlas...
..."Y cuando el rostro volvió halló la respuesta,..."
Hoy he vuelto el rostro yo. Venía como cada mañana de ese paseo que ya no es olvido, desidia, apatía, de ese paseo que es vida, aire, brisa en el alma, de ese paseo en el que la vista se dirige al frente, no al olvido. Paseo de aromas, de flores, de vida renaciendo. Con la vista abarcamos hasta el horizonte, con el olfato abarcamos los recuerdos, vida enterrada, oculta por la humareda de los años. El campo tapizado de campanitas blancas, rojas amapolas, malvas locas... sinfonía de colores que comienza a despertar las primeras notas. Olía a madreselvas y jazmines, los primeros que abrazan esta calurosa primavera. Caminaba hacia atrás en el tiempo, otros tiempos, otras flores pero los mismos aromas. Y mi recuerdo se detuvo junto a la ventana de las enredaderas, aquella en la que, mañana tras mañana, amanecía con el trino de los pájaros, con las notas de una canción y el llanto de un pequeño. Hoy la ventana está vacía, la enredadera seca y el niño, el niño muerto. De qué me quejo yo. No es consuelo pensar en la desdicha de los demás. Siento pena por esa familia rota de dolor, torturada por unos recuerdos que quisieran borrar como si el pasado pudiera desaparecer de nuestro presente. De qué me quejo yo si mis hijos viven su vida, si tienen sus caminos y viven. De qué me quejo yo, ¿de ausencia? Ingrata soy, unas horas, puedo volar como una cigüeña que quiere alcanzar sus polluelos ya crecidos y estar a su lado, Ingrata soy, un viaje en autobús y mi pequeña María sentirá mi abrazo y mi hijo, mi hijo eligió. Pero ellos no tienen avión que les lleve, ni autobús que les conduzca, no hay caminos que seguir cuando tu destino no ha llegado aún. Una lágrima se escapa de mis cansados ojos. Una lágrima por ellos y una lágrima por mí. Detengo mi paso y elevo una plegaria, un susurro, Cora se detiene a mi lado, se sienta, aúlla. Mi dolor parece su dolor. Restriega su hocico en mi pierna. Es hora de regresar. No sé si en mi caminar voy tirando hierbas que otros recojan, lo dudo, apenas me valgo con las que recojo, pero ellos que ya no se asoman a la ventana de enredaderas, ellos son más pobres que yo.

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