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1 de Junio de 2005

1 de Junio de 2005 Días de nubes y melancolías, de olor a madreselva y recuerdos redivivos. El frescor de la mañana me transporta a otras mañanas en las que remoloneaba entre sábanas de algodón blanco intentando prolongar unos minutos más el sueño, los sueños de edades perennes siempre inmortales. Qué lejos de la verdad, nada hay inmortal, nada permanece como recuerdo de nuestro paso. La puerta de la cocina está abierta y Cora respira el aire de la mañana, ella es ajena a recuerdos que fueron abandonados aquel día que me hizo su compañera, pero mis recuerdos florecen entre hojarasca seca, entre espinos dolorosos que reverdecen año tras año, como un sorbo amargo del que la vida no me quiere privar una vez más. Las nubes danzan en su baile perpetuo de caminos en el aire y, cuando desempolvan la memoria no hay viento que la arranque de mi maltrecho corazón. Echo de menos una madre, siempre la he echado de menos. ¿Qué es una madre? ¿Es la mujer que te parió entre dolores? ¿Es la mujer a la que te asías desesperado cuando el hambre devoraba tus entrañas y de sus pechos turgentes manaba el alimento que te saciaba? ¿Es la mujer que cuidaba de que las comidas estuviesen siempre a su hora, la que limpiaba la casa, zurcía la ropa y la que con voz de capitán pirata siempre ordenaba? Hoy mi madre se ha sentado en mi memoria y toma café conmigo, pero un café distante como distante fue nuestra relación cuando vivía. Siempre cubrió a sus polluelos para que sus necesidades materiales fuesen satisfechas, aún a costa de su propia necesidad, pero una madre tiene que ser algo más que la que te alimenta y cuida. Eran otros tiempos, lo sé. La confianza que tengo con mi hija no se parece en nada a la que tuve con mi madre. Nunca hubo conversaciones, nunca consejos sólo órdenes, la sonrisa la guardaba como si fuera un tesoro que con mostrarlo se difuminaba. No creo que la oyera reír jamás. Cuando me casé me encomendó al cuidado de mi marido, ella ya había culminado su labor. Triste fueron esas noches de desesperación cuando no podía contar con alguien para que me consolara, tristes los amaneceres entre lágrimas no enjugadas que anegaban esas almohadas que naufragaban junto a mí. Me juré que yo no sería así, que si tenía hijos podrían confiar en mí, recurrirían a mí cuando tuviesen problemas, cuando quisiesen compartir una sonrisa, cuando necesitasen, de nuevo, un pescozón. ¡Qué equivocada estaba! No sé si seré tan diferente de mi madre, pero ellos no acuden a mí. Son mayores, tienen sus vidas y a veces creo que yo estorbo. A lo mejor fue eso lo que sintió mi madre, que estorbaba o para evitar el hastío de una presencia impuesta se hizo a un lado. El café se enfría en mi recuerdo, Cora se asoma a la puerta, es hora de salir. Estiro los minutos un poco más. Mi pensamiento sigue al compás de las nubes, todavía no se aleja, no se despeja la mañana ni mi recuerdo. Cuan desagradecida puedo llegar a ser creyendo que me abandonó. Mi adolescencia se forjó a golpe de látigo, de órdenes impuestas, de gritos marciales que no podíamos desobedecer. No hubo rebeldías manifiestas porque nuestras caras eran cruzadas por las manos callosas de un padre autoritario. ¿Cuantos silencios ofreció mi madre para evitarnos un nuevo castigo? No sé, supongo que ella obró como mejor sabía y aunque ahora que soy capaz de enfrentarme a esa realidad, no dejan de dolerme mis soledades. Ya no hay remedio, ya no está para que me abrace, para que me dé ese beso que me negó, ya era mayor para carantoñas, decía. Ya es tarde. ¿Aprendemos de los errores de nuestros padres? Ser padre es equivocarse. Nadie nos enseña y creo que es la tarea más difícil con la que nos enfrentamos en la vida. Cora ladra, voy a despejarme de recuerdos de madre, de recuerdos de hijos. El cielo sigue cubierto, los grises son el color de mi vida, quizás ella lo vio todo al revés y la mala hija fui yo y la mala madre sea ahora yo. Agito la cabeza negando esa idea que se ha enganchado en mi pensamiento gris. Echo de menos a mi madre. Cora, a la calle que la mañana está fresquita.

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