
Ha pasado sólo un día desde que las pastas de cartón cerraron un capítulo de mi vida y me veo delante de un bolígrafo expectante, ansioso por trazar de nuevo imágenes en folios en blanco. Ayer fuimos de compras con María, un bañador, que hace ya mucho calor, un pantaloncito corto y una camiseta compañera, unas gomas de colores para su precioso pelo y al final hemos entrado en una gran tienda donde se amontonaban las cosas sin más orden que el que sus dueños, arbitraria e incomprensiblemente les querían dar. Allí, mi niña, se fue hasta un estante donde descansaban jarrones, velas, lápices de colores, unos tarros de plástico y muchas libretas. Ha cogido dos paquetes de lápices, dos de rotuladores, dos de ceras y un paquete de libretas. Es que me gusta mucho dibujar, dijo. Él y yo sonreímos y con todos los bultos nos dirigimos a la caja. Cuando salimos a la calle, María revolvió entre las compras y sacó una libreta para él y otra para mí. Es un regalo, dijo, para que pintéis como yo. Yo no sé dibujar, mis imágenes se trazan con palabras, pero si empiezo de nuevo no sé cómo va a acabar, quizás pueda dar trazos de color a historias que no es la mía, sombrear bosques donde se escondan los animalillos para no ser cazados, o diseñar reinos de fantasía donde vivir mil años rodeados de golosinas. Hoy me enfrento a este cuaderno que me ha regalado María, quizás mañana comience a escribir en él.
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