17 de Mayo de 2005
Releyendo las páginas escritas, me pregunto por qué cogí una libreta vieja y comencé a vomitar mis desesperaciones, mis anhelos y mis realidades. Nunca había escrito pero quizás haya sido la necesidad de comunicarme conmigo misma lo que me impulsó a garabatear renglones de vida torcidos, raíces que se desprenden de tierras áridas, tallos que nunca volverán a florecer, soledades despojadas de esperanzas y estafadas de amor, suspendidos los afectos apenas quedaba nada. ¿Cuándo comenzó el olvido? ¿Cómo se inició el alejamiento? No recuerdo nada especial, la vida nos empujaba por caminos diferentes, caminos tendidos de puentes que no supimos cruzar, una bifurcación y el primer alejamiento, las veredas corrían próximas pero ninguno de los dos logramos dar ese paso que nos reuniera en un único camino: su trabajo, los niños, sus amigos, el colegio, sus viajes, mi responsabilidad... Poco a poco la distancia. No supimos de caminos de vuelta, ni de desandar pasos, los niños crecieron y volaron, el trabajo se ciñó a las cuatro paredes de un amplio despacho, despacho con vistas a una realidad tan diferente de la mía
Su mundo se había ensanchado y el mío me había constreñido. Él se había forjado un mundo alejado de mí y yo no permití que formara parte de mi mundo. Mi mundo, qué eufemismo, ya no tengo mundo, estalló con la partida y creí que María uniría los añicos para construir una nueva realidad, pero no me siento inmersa en su existencia, ni en la de su padre. Como un lobo solitario caminaba hasta que llegó Cora. Quizás haya volcado todas mis frustraciones, todas mis necesidades de cariño, todos mis cuidados marchitos en ella esperando que reverdezcan, pero ¿que reverdezcan quién, los cuidados o yo? Las nubes levantan su camino de cielos recónditos, Cora espera su paseo y yo me acomodo a sus deseos. Ayer él volvió con el semblante nublado de pesares escondidos. Su alma calzaba luto, apenas me dirigió la palabra pero en su mirada intenté adivinar recuerdos de un pasado lejano, de un pasado en el que compartimos algo más que techo bajo el cual alojarnos. Quizás fue una nueva quimera, un juego lúgubre de un alma desesperada que ansía, sobre todo, un rayo de esperanza. Quizás aún estemos a tiempo... Me engaño una vez más. Los añicos siempre dejan huella al intentarlos pegar.
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