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25 de Mayo de 2005

25 de Mayo de 2005 Los días amanecen antes de que los rayos de sol acaricien el horizonte y se prolongan más allá de los caminos de estrellas. Una mañana tras otra los ojos abandonan el reino de Morfeo iniciando su andadura un poco antes, robándole tiempo al letargo que aturde mi soledad. Como si se tratase de seres regidos por la luna, los ojos varían su ciclo impidiéndome ese descanso que tanto necesito, pero ellos no son los responsables de mi falta de sueño, no sería justo cargarles con culpas ajenas. Las sábanas rozaban mi cuerpo alienado, las manecillas del reloj habían detenido su paso y la ausencia no era sólo del alma. Otra noche más y él no llegaba a casa, otra noche más y la cena, fría como la lápida de unos sentimientos olvidados, descansaba en un comedor que tampoco esa noche se iba a usar. Trabajo, siempre trabajo, esa es la excusa que redobla eternamente en su boca. Vivir para el trabajo, apoltronarse tras la mesa de un despacho que representa poder, energía, superioridad, dinero, ¿es eso lo que llama vida? Qué vida es la que te hace perder los momentos felices, la que aparta hasta lo más nimio en favor de negocios fabulosos, la que compensa con dinero la falta de un beso de buenas noches de unos niños que pronto dejarán de serlo, la que indemniza con costosos regalos los tiempos ausentes, la que olvida vidas ajenas llegando a ser el olvido de la propia, la que marchita el amor por no detenerse a regarlo. Tú no entiendes, me dice. Yo soy importante, dependen de mí. Sí, dependerán de él, pero si nosotros hemos aprendido a sobrevivir sin él, si nos hemos hecho resistentes de la vida, resistentes a la falta de caricias, de tiempos, de ilusiones compartidas, de..., de tantas cosas que ya ni me acuerdo, si nosotros que lo queríamos, que a pesar de todo lo queremos, hemos sido capaces de vivir sin él, cualquiera puede hacerlo. Él piensa que tenemos la obligación de estar, simplemente estar, quizás nos hayamos convertido en una parte más del mobiliario que adorna su vida. Mis hijos han conseguido aislarse de esta ausencia, aunque en el fondo de sus almas queda un hueco helado, vacío, lo sé, mi corazón de madre repara en ello cada vez que los veo. Ya no quedan excusas, él obra ateniéndose a conciencias fabricadas que lo sepultan todo. Me pregunto si se viera solo, si nadie le esperara al volver a casa, si no tuviera a quien despreciar con ausencias baldías, qué ocurriría. Me reconozco cobarde, ya no sabría empezar de nuevo, ¿mi soledad sin compañía sería más soledad? Transitaré, una vez más, el surco que se abre en mi camino de ausencias, saludaré a la mañana con un paseo reparador, me detendré ante una nueva flor que nace, o un pajarillo que canta, observaré al gazapo correr hasta su madriguera y a Cora espantar las penas con sonrisas de alma. Seguiré arando esta mi tierra, aunque ya sólo sea un pedregal.

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