
Ayer llovió y hoy la mañana se ha levantado plomiza. El ambiente se ha refrescado y el campo huele a vida. He madrugado para dar un paseo con Cora, no quiero descuidar su atención mientras esté María en casa, no sería justo. El olor a tierra húmeda me llevó a mi niñez, a mañanas de mayos olvidados pero siempre presentes, a lánguidos caracoles de parsimonioso paso cargando su pesada casa, a charquitos de nubes y a cuentos olvidados tras cristales empañados. Es curioso, estamos en junio y mis recuerdos atrasan un mes. Hoy el paseo será más corto, no quiero regresar y que María se haya despertado. Cora va dejando sus huellas en la tierra humedecida, apenas se entretiene, también quiere volver y jugar con ella. Cuando salí un profundo sueño la envolvía, pero los niños se duermen igual que se despiertan, sin avisar. Su mundo es instantáneo donde sólo el ahora cuenta. Giro mis pasos, no estoy tranquila. ¿Y si se ha despertado mi niña? Mi pensamiento galopa, veo a la pequeña sola, llorando, mi imaginación se desborda. No debí salir. Cora tiene suficiente espacio en el jardín para no tener que sacarla. Mi mente se desboca, soy consciente de ello. Intento frenar en seco y mis pensamientos se amontonan. Ella no está sola, está él, pero él... Pero él nada, es su abuelo-me digo-. Detengo mis pasos y respiro una bocanada profunda de aire fresco, mis nervios parecen responder al estímulo y se van calmando. Reinicio la marcha más calmada pero sin detenerme en ningún recodo. Apenas cinco minutos y veré la puerta de mi casa. Cora no dice nada, me mira y avanza. La puerta del jardín está entreabierta. ¿Cómo he sido capaz de semejante descuido? ¿Y si se ha despertado y al no verme ha abierto la puerta para ir a buscarme? ¿Y si...? Mis pasos se aceleran, casi inicio una carrera para llegar. Cora se para. No puedo mirar atrás, ya vendrá, conoce el camino y mi niña es lo primero. El aliento me falta, apenas un poco de aire puede entrar y me quema en los pulmones. Abro la puerta de par en par. Jadeo insistentemente intentando recobrar las fuerzas. Apoyada en el quicio de la puerta miro hacia el interior suplicando que mi niña esté allí. Apenas oigo un susurro, mis pasos no responden, las piernas me flaquean pero el susurro no se detiene. Intento escuchar lo que dice el rumor: "Cuando yo tenía seis años yo vi una lámina magnífica en un libro sobre el Bosque Virgen que se llamaba Historias Vividas. Representaba una serpiente que se tragaba una fiera..." ¿Las serpentes tagan fieras? Era María que hablaba con él. Por fin pude respirar tranquila, mi pequeña no se había marchado. No quise dar ningún paso, quería vivir esta imagen que se había materializado desde mi deseo para hacerse realidad. Él estaba contándole un cuento a la pequeña. Los dos solos disfrutando de un amor que él no había expresado desde que nació María y que ahora se vertía por todos los rincones de esa pérgola extendiéndose por el jardín hasta llegar a mí y otorgarme la calma que tanto necesitaba. María se volvió, creo que me había intuido. Ven, mira, las serpientes comen elefantes. Yo me acercaba con una de las sonrisas más grandes que nunca supo dibujar mi alma, me he sentado con ellos. Me gusta El principito, pensé, yo se lo leí a mis hijos cuando eran pequeños y ahora lo compartimos los dos con nuestra nieta. Sin duda, me gusta El principito.
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wlind -