
Siento que me pierdo entre la muchedumbre, que caras impávidas me acechan desde rincones oscuros a los que no tengo acceso, me miran, me observan, me juzgan. No hablan pero un murmullo se levanta entre ellas, un murmullo que crece y me rodea girando como una espiral eterna sobre mí. No distingo voces, no distingo palabras, sólo ruido que no cesa, que me atrapa y me arroja a un laberinto del que no sé salir. Perdida entre paredes azules que van intensificando su fulgor, voy caminando, descalza, el suelo se calienta, me quemo los pies pero no puedo saltar, las paredes también queman, me arrojan llamas que al contacto con la piel se congelan. Se ha establecido una lucha sin tregua y yo, en medio de la desesperación, me paralizo. Una gota de sudor cae por mi espalda. Es sudor frío, pusilánime, cohibido. Otra gota acecha y se une a otra más. Mi espalda se desdibuja en un mar de ansiedad donde olas inmensas tratan de sumergirme. Tengo miedo, no sé nadar... El corazón late desbocado y de pronto todo cesa. Me despierto agitada con el corazón a punto de estallar. Ha sido una pesadilla, una pesadilla de la que he despertado. Me da miedo volver a dormirme, no quiero que se repita, no quiero continuarla y llegar a un final, a mi final. No consigo tranquilizar mi espíritu. Voy a la cocina. Cora me oye, rasca las puertas del jardín. Le abro. El sentirla a mi lado me da paz, el corazón de nuevo se ralentiza, la respiración se sosiega. No me apetece volver a la cama. Salimos al jardín, la noche está fresca. No sé que hora es, no me importa. Siento la humedad de la tierra en mis pies desnudos, un pequeño escalofrío recorre mi espalda pero, con Cora a mi lado no tengo miedo, no me siento sola. Me me acomodo en el viejo columpio y mezo mis temores alejándolos con cada empujón. Creo que el sueño se acerca lánguidamente, con la desidia del que no tiene nada más que hacer. Me acurruco y Cora me presta su calor. La mañana calienta de nuevo mi cuerpo. Los rayos de sol me devuelven a la vida como una tortuga que se desprende lentamente de su caparazón. Desentumezco mis huesos dolientes. He conseguido dormir. La pesadilla huyó y su lugar lo ocupó un sueño imposible. En mi seno se desarrollaba de nuevo una criatura, la sentía moverse, crecer, inundar de dicha mi espíritu desbaratado. La realidad me ha traído la pesadilla, el vacío, la oquedad que jamás se volverá a llenar. No sé qué significan los sueños, no sé si el espíritu universal hablará, a través de ellos, de pesadillas o de felicidades y no sé si quiero estar despierta o dormida. Hoy va a hacer mucho calor. Un viento cálido y asfixiante empieza a soplar por el este. Voy a tomarme un café. Cora me sigue, su tostada la espera.
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