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4 de Junio de 2005

4 de Junio de 2005 Con el regusto amargo que dejan las miserias humanas apenas he podido dormir una noche más. Alguien me dijo una vez que no estamos educados para ser felices, no nos enseñan cómo conseguir la felicidad. ¿Realmente sabemos lo que es? ¿Ser felices es tener más?, ¿más qué? Yo ahora dispongo de más dinero que antes y no soy más feliz, ahora debería tener menos problemas que cuando los niños eran pequeños pero no es cierto, me siento mucho más desgraciada que cuando tenía que estar mirando la peseta para poder llegar a final de mes. Tengo comodidades que ni siquiera podía imaginar, una casa abierta al aire puro en el campo, una vida tranquila y saludable, algunos achaques que voy sobrellevando como puedo, pero no soy feliz. Muchas veces he pensado que me equivoqué al elegir recodo del camino. Me siento con las ventanas abiertas, permitiendo que el aire frío de la mañana inunde unos pulmones adormecidos de infortunios, despabilándolos a un nuevo e indiferente día, y pienso que si hubiera escogido otro camino, otro sendero por el que caminar a dónde me habrían llevado mis pasos. No tendría mis hijos, no tendría a mi María, seguramente ahora Cora no estaría relamiéndose con la tostada chorreante de café que engulle con avidez, no estarían ellos pero abría otros hijos, otros nietos, otras casa, otros amigos, otras ilusiones. Me consuela el pensar que otra vida no significaría una mejor vida o puede que sí. ¿Estoy a tiempo de cambiar? ¿Pero qué cambiaría? Ayer veía muy claro que la mujer de la tienda debía separarse de ese que se cree tan hombre y la menosprecia, degrada e insulta constantemente. A mí no me insulta, pero me veo menospreciada, no me degrada pero no cuento en su vida, no me quiere pero se ha acomodado a una compañía que se mantiene con una inercia difícil de parar. ¿Soy demasiado mayor para alzar el vuelo y vivir en solitario? Nunca había imaginado una vejez en soledad y aunque me siento más que sola, abandonada, sé que cada noche ocupa un lado en la cama, un lugar en la casa. No quiero envejecer y no tener a nadie a mi lado, me asusta no tener a quien recurrir pero ese no es motivo para vivir bajo el mismo techo que él, ¿o sí? Una vez hubo fuego entre los dos, una vez hubo un proyecto de amor que se transformó en familia, en risas, en juegos, en llantos. Una vez hubo un nosotros, no la suma de un tú y un yo, un nosotros. Irónico es cómo la vida arroja recuerdos al alma herida que laceran como cuchillos afilados unos sentimientos maltrechos, fatigados, mortecinos. ¿Qué ocurrió? ¿Cómo empezó a desdibujarse un pronombre para disolverse de nuevo en dos? Ahora sé que los corazones fundidos no son eternos, que dos corazones no pueden habitar en un solo cuerpo, que luchan entre sí y el propio anhela echar al que te ha invadido, no han encontrado la paz y como polos semejantes de imanes, que una vez fueron afines, se repelen. ¿Cuándo dejamos de ser personas y nos convertimos en marionetas cuyos hilos son manejados por un destino que parece ajeno a nosotros mismos? La rueda gira y gira estrangulando el camino. Cuándo sabré decir basta, ¿pero eso es lo que quiero? No, yo quiero que todo se hubiese mantenido inalterable, sentimientos eternos, alegrías unívocas, una vida en dos cuerpo, utopías que jamás dejarán de serlo. No es lo que quiero pero es lo que tengo. Debo alejar estos pensamientos que me corroen las entrañas, debo dejar de sentir y continuar sonámbula por este paseo que cada día emprendo con Cora a mi lado. No me apetece el café, lo dejo enfriar. Miro a Cora y ella responde. Hoy el paseo será más de lo mismo.

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