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21 de Mayo de 2005

21 de Mayo de 2005 Ayer apareció mi hija en casa sin que supiera que iba a venir. Ella es así, le gusta dar sorpresas pero además es que nunca sabe dónde estará de un día para otro. Estaba yo entretenida entre los pucheros haciendo ese arroz con leche que evocaba aromas de infancia cuando un voz pequeña, arraigada en un corazón lejano, asida al pasado de madre omnipresente se escuchó en mi cocina y reverberó en mi corazón. Es curioso, Cora no ladró, ella la había silenciado con un chitón breve como un suspiro y obedeció. Los perros huelen el amor más allá de nuestras propias narices que apenas son capaces de detectar tufos de odio sempiterno. Me tapó los ojos con la suavidad de la caricia de un bebé que retornaba al vientre materno. Ella es tan independiente que duele, duele desprenderse de lo que más se quiere. ¡Qué difícil es dar la libertad a un pajarillo que ya ha aprendido a volar! Y qué alegría agita el corazón cuando el pajarillo decide regresar de nuevo hasta el nido, hasta su nido, aunque sea para un eterno y efímero fin de semana. La alegría ahogaba mis pulmones, apenas podía respirar, hacía más de cinco meses que no la veía. Estaba tan delgada, tan pálida, se había espirituado, pero no como decían las abuelas cuando el peso se alejaba de los cuerpos adolescentes obsesionados que comenzaban a redondearse, se había espirituado porque cada poro de su cuerpo destilaba espiritualidad, delicadeza, sensibilidad. Había dejado de ser la niña alocada que corría en mi recuerdo para ser una mujer capaz de valerse en un país alejado de todos los recuerdos. No sé qué experiencias le habrán llevado a alargar su figura hasta el infinito, ni creo que me las cuente en confidencias a media voz, ya no hay mantas que alberguen recuerdos, ya no hay caricias que reciban lágrimas ajenas. La miro y la veo tan extraña, tan lejana, inaccesible tal vez. Son los delirios con los que mi mente me atormenta. Ella está ahí, me sonríe, coge la cuchara de madera y se entretiene en sabores de su niñez como antes fueron de la mía. El beso con el que me regala acaricia las ausencias vividas. Sé que está deseando ver a sus amigos, que este espejismo pronto será fundido con nuevas ausencias. Telefoneo a su padre. No entiendo a los hombres, parecen no necesitar cariño, ni el de sus hijos. Dice que está ocupado que ya llegará. No entiende que ella se marchará, se alejará de nosotros, que tenemos que compartirla, que ya no es sólo nuestra. Este momento que podía ser para nosotros no existirá. Quizás me esté volviendo una vieja sentimental de lágrima fácil. Cora corretea a su alrededor jugando a juegos de niños eternos. Preparamos la comida y esperamos a su padre. Un beso de recibimiento, un comentario sobre la delgadez y comienza a comer. Ella observa y habla, habla mucho intentando aliviar una tensión que por perpetua apenas reconozco y que ella había relegado a un rincón oculto de su memoria. Quizás fue el motor que impulsó su huída hacia otras tierras, hacia otros hogares, quizás marcamos su alma y no sea capaz de dar y recibir todo el amor que se merece. Lágrimas de sangre rodean mi maltrecho corazón, me ahoga el pensar que hemos podido mutilar su amor. Ya estoy desvariando de nuevo. Cora desde el patio me intuye, susurra caricias que me abrigan, relajo el semblante, una sonrisa se dibuja en mi cara, un apretón el la mano de mi hija y todo está de nuevo bien.

2 comentarios

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Muchísimas gracias María José, por tu comentario y por tu saludito que sí ha llegado a tu tierra. Besitos

maría josé -

Hola Hermi. LLevo varios días pasando a leerte...Quiero decirte que me encanta tu forma de escribir, los relatos que nos cuentas y cómo lo haces. Es sincero, natural, espontáneo y muy especial. Gracias por compartir con nosotros. Un saludo desde tu tierra, espero que llegue a la mía. Un beso grande, maja!