
Ha pasado más de un mes desde que empecé a emborronar este cuaderno que llega a su fin. Apenas unas hojas en blanco me acercan a las tapas de cartón que son la frontera de este tiempo. Releyendo las líneas dictadas desde mi corazón, apenas puedo reconocerme. Leo y se me presenta otra figura con mi rostro, con mis temores, con mis desilusiones y esperanzas pero no soy yo. Otra persona, desde unas letras alineadas por una pluma invisible, habla por mí. Y es que cuando plasmas tus sentimientos en papel ya no son tuyos aunque sólo tú los hayas leído. Apenas un mes y mi vida, que aparentemente no discurría por ningún camino ha galopado a lomos de emociones que se desdibujaban en unas huellas que creí no pisar. Me encontraba sola, naufrago en una isla rodeada de gente que no veía. Aislada, encerrada en mi misma, la amargura desbordaba de un corazón herido, vaciado, inútil. ¿Cuál era mi destino si ni siquiera me permitía sentir el afecto de los que me rodeaban? Cuando más lo necesitaba apareció Cora. Cora de coraje, dije. Cora de corazón que es lo que me devolvió. En tu camino te vas cubriendo de la arena que pisas y si no sabes sacudirte al final del día, la carga crece y crece hasta que no te permite avanzar. Volví a sentir la música en mi piel y la música me trajo añoranza de pasados lejanos en el tiempo y enterrados en las arenas de la vida. Hablé con desconocidos que supieron aliviar mi carga. Reí y lloré con mi hija y acaricié el alma de un niño que ya no lo es. Hoy estoy melancólica pero no triste, por primera vez en mucho tiempo quiero recordar, evocar un trocito de vida, de mi vida y ver, desde la distancia de los días, que no todo es tan terrible. El recuerdo sólo guardaba la carga pesada pero no las miradas, los fracasos, pero no las sonrisas, los desprecios, pero no la gratitud de unos ojos que no saben hablar. Todo sufrimiento tiene un contrapunto, un momento por el que merece la pena vivir, quizás un solo momento, pero ese es único y no lo deberíamos olvidar. Gracias a estas páginas retomo la mirada de María cuando vio el mar, el olor a madreselva en las mañanas junto a Cora, la sed del camino cuando surcaba su rivera paseando por mañanas de frescura y esperanza, llegué a ver la maldad envejecida y reviví la infancia de mis hijos cuando éramos felices, pero es que ahora también lo somos, es diferente, la vida nos muestra distintos senderos por los que avanzar y en todos, si nos lo proponemos, hallamos belleza. Encontré amistad donde había obligación, juzgué y me equivoqué. Vi la muerte pasearse por mi barrio y vi las flores crecer en los caminos tapizando como alfombras de colores los caminos. Añoré la presencia de él, no la tengo aún o eso creo, quizás escondido tras la máscara de tiempos demasiado ocupados, nunca se alejó de mí, quizás eso es lo que quiera pensar, pero desde el viernes él es otro, aquel que vivía en mi recuerdo, hoy lunes descansa en la cama esperando que María le despierte para viajar a países que sólo existen para ellos. Hoy la vida la veo de otro color, puede que sea un espejismo, pero espejismo también son estas letras que abandono en este cuaderno. No sé si lo romperé o seguiré escribiendo otro y otro más donde esconder mis sentimientos, mis vivencias y mis anhelos, donde volcar mis frustraciones y mis paseos con Cora. Hoy voy a disfrutar de mi familia porque he comprendido que mi familia comienza con él, pero con él tal y como es. Todos cambiamos, la vida nos convierte en otros, a veces son tan distantes, que debemos volver a encontrarlos y yo estoy dispuesta a ello. Quiero acabar este cuaderno con palabras de esperanza, me preguntaba el primer día qué me quedaba, me queda vida, toda la vida por recorrer en paseos eternos al amanecer junto a Cora.
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