
Ayer fue un día extraño. Las horas se deslizaban raudas por la esfera del reloj de mi vida pero apenas parecían avanzar. Cuanto más tenía que hacer, más giraban y cada vez que las miraba detenían su marcha en una tortura ideada por Cronos. Seguro que desde las alturas de cielos extinguidos, fui su diversión. Yo me escabullía a sus carcajadas y desorientaba su sentido del humor y así salté horas de pasión y llegué a la meta del día, satisfecha, todo estaba preparado. Sí, por fin puedo decirlo, María tiene su mundo dibujado entre paredes de ensueños y sonidos mágicos. Esta mañana lo primero que he hecho al levantarme ha sido descorrer las cortinas de su pequeño universo nacido del prisma de mi amor para que la luz lo inunde todo y le aporte el color tornasolado de este sol eterno que hoy, especialmente, brilla para ella y brilla para mí. He paseado con Cora. El sendero que hemos recorrido a través de amapolas y campanitas se convertía en la alfombra voladora que me transportaba hasta los brazos de mi princesa, porque así acaban todos los cuentos escritos y comienzan los cuentos soñados. Los pajarillos no se asustaban a nuestro paso y nos saludaban con una ligera inclinación de cabeza brindándonos cantos de felicidad. Aspiro el aire más límpido porque tengo su horizonte al alcance de mi mano. Cora observa la naturaleza que ha brotado desde mi corazón derramando aromas que jamás podrán ser vendidos ni encerrados en frascos tornasolados que constriñan su alma, no, el hombre no podrá crear el aroma de las mañanas junto al río paseando con Cora. Es demasiado temprano y mi niña demasiado pequeña para adentrarse en, este, mi mundo interior. Cuando caiga la tarde y el sol vaya escondiendo tímidamente sus rayos desgastados la traeré junto al río y buscaremos peces de colores y mariposas de cristal. Recogeremos frutas exóticas y sobre alfombras mágicas retornaremos al castillo que nos aguardará detrás de las nubes junto al arco iris. Sé que debo volver a casa pero mi espíritu me obliga a dar un paso más, llegar hasta el siguiente árbol, descansar entre la sombra que cobija todas mis ilusiones, respirar, henchir mi yo más oculto vaciándome de temores. No puedo dilatar el tiempo más. Cora me empuja, a veces creo que es mi conciencia materializada, la que me alienta y la que me obliga. Volvemos a casa. Siento un ligero cosquilleo mis manos. Siempre mis manos se han anticipado a cualquier sentimiento. Cora corre por el jardín. Su oído le trae sonidos que al mío no llegan aún. Un coche para en la puerta. El corazón se me acelera. Tranquila, parece decirme Cora desde la entrada, todo va a ir bien. Una llave gira en la puerta y mis pasos están paralizados, mis piernas no quieren acercarme a mi niña. La oigo, ella está aquí. La puerta se abre y unos dulces pasitos recorren un camino eterno. El ladrido de Cora me despierta de la ensoñación y ahora soy yo quien corre a su encuentro. Sus ligeros bracitos rodean mi cuello. Nos abrazamos y giramos en un torbellino sin fin. Mi hijo ve complacido la danza de afectos. Viene solo, ella tiene que hacer el equipaje, me dice, en el fondo lo prefiero así. Cora mueve su cola pero no dice nada, no quiere interrumpir ese momento, pero mi niña la ha visto y con el mismo ímpetu que me abrazaba, me ha soltado el cuello y se ha ido con Cora. Los niños son así su eternidad apenas dura un segundo. Me río con ellas. María intenta que Cora salte y Cora la mira con ojos de madre. ¿Alguna vez habrá tenido cachorros o tal vez su sentimiento maternal haya renacido con mi niña? Van a ser unos días estupendo para la niña, dice mi hijo y yo sé que va a ser así. Quiero que María vea su cuarto pero ella prefiere revolcarse en la arena con Cora. No hay prisa, el día, los días serán infinitos con ella. Nos sentamos en el jardín, hablamos, hablamos, hablamos... Me siento feliz, llena, pero una pequeña sombra se desliza por mi mente, no la dejo salir pero me martillea. ¿Por qué él se pierde estos momentos? ¿Cuándo se dará cuenta de las cosas importantes de la vida? Los negocios, el trabajo, la cuenta bancaria..., ¿Son esas sus prioridades? ¿Y lo que de verdad importa dónde queda? La sombra se desliza por mis ojos intentando arrancar una lágrima, pero no me lo permito, nada arañará esta capa de felicidad. Alguien ha entrado por la puerta principal, alguien que ha imprimido silencio a sus pasos para no ser delatado. Cora eleva una de sus orejas pero no ladra. Una figura permanece invisible entre el claroscuro del quicio de la puerta, observa, calla y dibuja una sonrisa en su alma. María lo intuye, se gira, levanta las cejas con semblante picarón y sonríe. Señala en su dirección. Volvemos la cabeza y allí está él, sonriendo, con los brazos extendidos, casi rogando un abrazo de la pequeña. Ahora sí que se escapa una lágrima furtiva, pero ya no es de pesar. La recojo entre mis manos para que nadie la vea y su sonrisa es ahora mi sonrisa. ¿Puede haber un día mejor?
0 comentarios