
Se inventaba a sí misma adornándose de aventuras imposibles. Quería dar color a una existencia gris, a una vida anodina, a un futuro que no era y un pasado que quisiera olvidar. Aires de grandeza marchita la rodeaba, sueño de gran señora que nunca pudo ser. Ajada la piel, herida el alma. Amanecía a la vida tras noches de insomnio eterno. Pasó del dominio paternal al dominio de un marido que la menospreciaba. Parió tres hijos que pronto emprendieron el vuelo. La soledad iba horadando su maltrecho cuerpo y los cirujanos taladraron su organismo hasta deformarlo como una pintura abstracta. A pesar de todo ella quería ser feliz, aparentaba ser feliz vestida de colores estridentes, envuelta en músicas chillonas, adornada de maquillajes de adolescentes que no cubrían su dolor. Calzaba una sonrisa falsa y se echaba el mundo por montera. Esclava de una casa, que no ama, mendigaba el jornal para alimentar a los suyos. El marido omnipotente le arrojaba unas monedas con las que ir tirando cada día. Pero ella quería ser, no la sombra del brazo de un marido, no la mácula de la figura de un padre, no el humo del cigarro que se apaga entre los dedos de una madre que se disuelve en los tiempos, ella quería ser y sólo parecía el espectro de lo que no fue. Entonces decide crearse un mundo donde ser, donde vivir y convivir, un mundo de letras encadenadas, poesías que se dibujan en unos dedos que nunca cogieron un lápiz, sale a la calle y conoce amigas que no la conocen a ella e imagina, fantasea sobre una vida que no ha sido suya pero que pudo serla, y las amigas la escuchan, prestan oídos a palabras que saben falsas pero no importa. Ella les habla de riquezas que no disfruta, de grandes mansiones, de terrenos que duermen yermos, se va convirtiendo en esa gran señora que nunca será, y que nunca será porque ella misma es el límite de sus sueños. Inventa pasados de tarot anunciados, de adivinos de calamidades porque ella sólo quiere saber lo que de doloroso le traerá la vida, como si no tuviera suficiente con vivirla. El adivino predice jardines de desdichas, flores de deseo que se marchitan a su paso, ceguera... Sí, se estaba quedando ciega, ciega de realidad, espejos translúcidos que no devolvían su imagen, su voz salía desde una caverna que ya ni reconocía como propia, pero comenzaba a ser feliz. Su mundo se diluía con la realidad y ahora sentía que sus sueños saltaban a este lado del espejo y aquí, por lo menos, tenía con quien hablar. Cada mañana se lavaba la cara de días de pasado y la embadurnaba de sueños quiméricos de hoy, y salía a tomar café con las amigas que escuchaban historias que se contradecían, algunas se cansaban de vanidades etéreas pero otras seguían atentas las pinceladas de color con que cada nuevo día dibujaba su vida.
0 comentarios