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20 de Mayo de 2005

20 de Mayo de 2005 Hoy el día ha querido amanecer antes. Los negros verdeaban cuando el sueño ha abandonado las profundidades oscuras de mi alma. El lucero de la mañana debía estar en su cenit y la cama me pinchaba en la espalda como si se hubiera transformado en una de esas de alambres que los faquires mullen como si de plumas de oca se tratase, aunque pensándolo bien en colchones de plumas apenas pegarían ojo. Me he levantado con una chispa de humor melancólico. Cora está arrebujada en su cojín, dormida, su respiración lenta me dice que es feliz. ¿Los perros sueñan? Sus ojos comienzan a moverse, quizás esté en otro tiempo, en otra casa, o puede que no. Su sexto sentido le dice que estoy cerca, abre uno de sus ojitos y me mira. Se despereza y con su cuerpo tibio de sueños eternos se acerca hasta mí. Necesito respirar el frescor de la mañana que promete fuego, el sol dará calidez con su incandescente corazón y ansiaremos el frescor de estaciones pasadas cuando suplicábamos al astro rey que se apiadara de nosotros, que tendiera su manto de pasión eterna. Nunca estamos contentos con lo que la vida nos ofrece, ni siquiera con el tiempo. Esa agua que tanto necesitamos, apenas fue un espejismo de dos días y ya protestábamos porque se ensuciaban los cristales. ¿En qué mundo vivimos si no nos conformamos con nada? Salimos a la calle, el camino se abre para nosotras. Demasiado temprano para que nadie nos acompañe. Las primeras luces comienzan a chispear tras cristales somnolientos. Respiramos el último frescor de la noche exhausta y entre partículas de rocío se cuelan olores de antaño, olores de otra vida. En una casita apartada, oculta tras un recodo del camino, una ventana abierta ofrece aromas de niñez. Una gris silueta mueve un puchero y el aroma se derrama como una alfombra que pugna por cubrir el alba. Recuerdos de infancia perdida, de un fogón y un mandil, un delantal que la acompañaba allá donde sus pasos la llevaran. Pequeña, nervuda, enjuta de cuerpo, desbocada de alma, seria ante la vida, derrochadora de razones ciertas, afectuosa ante el dolor y despiadada ante la injusticia. Así recuerdo a mi abuela, abuela que me abrió caminos de esperanza, veredas de escape, senderos de confianza y trochas de desesperación. Mis males los curaba con un arroz con leche colmado de amor. Para una pelea de hermanos, arroz con leche; para el mal de amores, arroz con leche; para el ansia de libertad, arroz con leche... Me ató a su recuerdo con un dulce que elaboraba con paciencia, con la dedicación de años efímeros, de momentos infinitos que el tiempo nunca borraría, era el ancla que mantenía la familia amarrada a buen puerto. Sus pucheros eran brillantes, plata en sus manos y nunca dejó que perdieran su lustre de restregones con jabón, jabón, como ella decía. Hoy el aroma cálido de fogones ajenos me la ha devuelto por unos instantes y de nuevo en mi corazón no la volveré a dejar escapar.
-Cora, vamos, hay que llegar a casa, creo que hoy de postre haré arroz con leche.

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