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19 de Mayo de 2005

19 de Mayo de 2005 Cuando la muerte tropieza en un lugar entretiene sus pasos. Hace frío en la calle Morería, es el hálito de la muerte que ronda de nuevo. No tenía bastante ayer, sus brazos de gran envergadura no se colmaron con una vida. El guiño de la parca sonrió a Calixta, que escondida entre las gélidas sábanas de un hospital, jugaba con ella. La creyó vencida, mas la parca nunca pierde, se entretiene en otros vientos, en otros caminos, te da cancha, deja que te confíes y cuando supones que su baile ha dejado de arremolinarte en giros eternos, cuando te fías de la ausencia, se acerca despacito, como un susurro y te saca a bailar. Ya no hay escondite, ya se acaba el juego, tú en sus manos danzas olvido, zapateado de colmaos eternos, guitarras que suenan sin cuerdas, voces afinadas en cantes hondos de pesares caducos como los suspiros que quedan deshilvanándose, diluyendo en brazos de la que parece que no quiere partir. Calixta bailará ahora sones infinitos, alegrará las mañanas de almas transparentes, de almas lejanas y cercanas. Su adiós fue un beso, su recuerdo la música que brotaba del alma risueña. Su mente vagaba por otros mundos, por otros saraos, un ratito a su lado era recuerdos, vidas pasadas, un día a su lado era una eternidad. La alegría de la calle ha desaparecido con ella, ya no habrá más cante, ya no habrá más risas de boca eterna, ya se alejarán sus recuerdos: la casa donde sirvió, el colmao en el que nunca bailó, las luces de las candilejas del teatro donde triunfó, del teatro de la vida, se apagan con lágrimas de partida. He ido a verla, quería devolverle las sonrisas que guarde en mi corazón, sonrisas que le harán el viaje más liviano, el camino sin retorno que ha emprendido estará sembrado con el duende que había derramado y muchos se acercaron anoche para darle el último suspiro y oír de sus labios marchitos la última copla. Estoy cansada de muerte y mucha muerte me queda. El frío se arremolina bajo las uñas como la tierra a la que quiero asirme. Mi vida es lamento y soledad pero no quiero decir adiós, los adioses son la frontera de la que no hay marcha atrás.
Cora aguarda, el campo amanece sembrado de perlas eternas, el rocío de la mañana alumbra la noche tétrica que nos deja. La solitaria campana anuncia la partida. Los campos florecen de nuevas vidas, llantos de bebé y de plañideras son las notas que revolotean hoy sobre las ramas de árboles centenarios que observan, desde su eternidad, nuestro paso efímero por sus caminos.

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