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2 de Junio de 2004

2 de Junio de 2004 Hoy el frescor de la mañana se esconde entre los últimos retazos deshilachados de unas nubes que han paseado su color sin aliviar la preciosa carga que transportaban en sus entrañas. Los pajarillos revolotean inquietos, se enfrentan entre ellos en una guerra fratricida por un poco de alpiste que cada mañana les acerco a su comedero. Un verderón impide que otro se acerque, se hace fuerte con sus garras disparadas hacia delante y el más débil huye, quizás, más tarde, lo intente de nuevo. El gallito del corral se siente triunfador, pavonea su cola en un movimiento que me hace sonreír. Pero su hazaña tendrá como recompensa que le eche del árbol, no voy a consentir, mientras pueda evitarlo, que el cabecilla de turno decida quien puede comer de la comida que les doy yo. Quizás me equivoque y no entienda las leyes de la naturaleza, pero aquí el alimento no es ganado, es dado y es para todos igual. Cuanta utopía, para todos igual. Nada es igual para nadie, incluso teniendo lo mismo no es igual, cada uno lo usa o lo derrocha según tenga a bien entender. Salimos a caminar. Cora no tiene hoy prisa. Ha acomodado su paso cansino al mío. Estoy distraída, apenas veo que las flores han cambiado de color, que las que ayer abrían sus pétalos hoy han sido desbancadas por otras diferentes, los rojos pasan a malvas, los amarillos a blancos, amaneceres que son atardeceres, oro trasmutado en nieve. El riachuelo que un día fue río surca tierras áridas en pos de arroyos vivos, de lechos fogosos que no detengan su caminar hasta fundirse con el mar. Los árboles caídos se amontonan echando el cierre a un agua que no quiere ya correr. La naturaleza va muriendo poco a poco en un ciclo que no va a devolverle la vida. Antes muerte era simiente para nueva vida, alimento de nuevas esperanzas, podrir y renacer, morir y vencer a la muerte. Ya no, lo que se muere muerto queda, nutre tierras áridas que no volverán a germinar. Los frutales se convierten en farolas, las mieses en calles adoquinadas, la huerta en parques y jardines que serán regados con las últimas gotas de este río desangrado. Pronto me quedaré sin paseos por el campo. No, me niego a pensar en ello, siempre habrá campos, ¿realmente los habrá? Estoy desvariando, Cora ha visto algo, tal vez un gazapo, le gusta correr tras ellos, el día menos pensado se convierte en cazadora y me traerá alguno entre sus fauces. Apenas corre una brisa, el tiempo encamina sus pasos hacia el estío. Pronto le darán las vacaciones a mi pequeña y vendrá a pasar una temporada con nosotros. Sus padres necesitan un tiempo para ellos. Será la primera vez que estén una semana sin ella. No sé si lo resistirán y volverán antes, espero que no, por ellos y por mi. Mis brazos de abuela rejuvenecerán con mi niña. ¡Cora, ven! Se ha alejado demasiado y no quiero que se pierda, no quiero perderla. Inspiro el aire de la mañana y renuevo el soplo viciado de noches de vida oscura. Hay que mirar hacia delante y delante está mi pequeña María que pronto será la reina de este lugar.

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