
Me encargas este retrato y yo no pinto de encargo, dijo el pintor cuando ella se acercó. Mis pinceles no me obedecen. En mis manos toman caminos infinitos y desconocidos. No sé nunca dónde me llevarán. Ella se marchó frustrada pero en su cara iba dibujada una sonrisa. No le presionaría. Sabía que el arte verdadero no atiende a avaricias y sí a inspiraciones. Si el pintor no aceptaba encargos ella no sería retratada porque lo que quería preservar en un lienzo era su alma y no su rostro que siempre calzaba con máscaras venecianas. Esa tarde, mientras ella lloraba en la soledad de su casa dolores eternos que agriaban su ajado cuerpo, el pintor dispuso un lienzo en blanco sobre el caballete, preparó la paleta de colores y oreó los pinceles infundiéndoles calor y vida. Se separó del blanco sempiterno que se difractaría en puro color y la memoria le trajo el recuerdo de unos ojos vivos tras una máscara de cristal. Las imágenes aparecían como flashes inundándolo todo de color. Los pinceles asidos a unas muñecas que danzaban a ritmo de batucada no podían detenerse. La música estaba en un punto culmen, el sonido transportaba al pintor a un mundo irreal y distorsionado y en ese trance comenzó a tomar forma el nuevo retrato. Era una mujer con dos rostros, uno siempre sonriente que miraba hacia el exterior, la amabilidad dibujaba su sonrisa, la indolencia, la pereza o la holgazanería desaparecía de su faz cuando de otros se trataba. Siempre tenía tiempo para escuchar, tiempo para acompañar, tiempo para regalar. Madre sempiterna de polluelos fuera del nido. Coqueta, adicta a la buena conversación en torno a un café o a una mesa repleta de manjares dispuestos por ella, nacidos de sus manos para agasajar otros corazones. Los pinceles se detenían en los tonos pastel, pasteles de amor, confites, tartas, bizcochos con los que alegrar a un vecino efermo, a un amigo triste. Dadora impenitente, generosa de tiempos ajenos egoísta con su propio tiempo. Un fogonazo rojo y la imagen cambiaba.Ese rostro se aislaba en negros de desesperación, negros solitarios sin resquicios de esperanzas, los colores desaparecían y una mueca de dolor lo emborronaba todo. Desesperación, desaliento, desánimo colores oscuros que afloraban desde su interior mostrando la otra máscara, la máscara de la tragedia que guarda para ella sola, la que no comparte, la que le asfixia en dolor, una máscara que ha decidido no compartir para no agobiar a los que la rodean. De nuevo los tambores, golpes secos, una llamada en la puerta de su rostro y cambia de máscara, la suya, la de la tragedia descansará bajo la nueva que ya adorna su rostro. La comedia se dibuja en una cara que no es suya. Abre una puerta. Sonrisa, afecto, palabras, alguien implora su ayuda y ella está para eso, pero el dolor va resquebrajando la máscara más superficial y entre sonrisas dibujadas aparece una mueca de dolor. Intenta recomponer el rostro y casi lo consigue. Necesitará aprender a desahogarse, a compartir dolor, a ser ayudada como ella ayuda, a mostrar su rostro limpio, tal cual es, tal cual se dibuja cada día con sus sentimientos y emociones, con su dolor y desesperación. Debe aprender que ella necesita también ser ecuchada, ser comprendida, ser mimada y querida, que el amor es una moneda de doble curso, se da y se recibe y siempre gana quien mueve ese amor. El pintor está exahusto, el trance llega a su fin, los pinceles se detienen, el color se seca y él abre los ojos. Un nuevo retrato ha sido plasmado, una nueva alma, un rostro con dos caras. Se aleja agudizando la mirada. Sí, es la mujer que suplicó por la mañana que la pintara. Es irónico, piensa. Esa tarde una mano pulsa un timbre, una máscara cae y otra se coloca, se abre la puerta y en el quicio un lienzo con la pintura fresca aún reposa con una nota: Esta mañana se dejó su alma en mi estudio, se la devuelvo.
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