
Unas veces la vida nos arroja a una soledad inexorable y otras veces es el propio ser humano el que se lanza en sus brazos apartando todo lo demás. Esta mañana la he vuelto a ver, huraña, despeinada, vieja no de edad si no de vida desperdiciada. Sentada sobre una piedra del camino espantaba fantasmas que le importunaban con recuerdos que pudieron ser y ella borró. Nunca fue buena. Es duro reconocer algo así de un ser humano, pero ella me llevó a pensar que si entre las fieras de la naturaleza podíamos encontrar los más bellos y más nobles sentimientos, entre los hombres también podíamos descubrir a abominables seres que ni siquiera les salva el instinto animal. Me voy acercando y ella inicia su baile furioso de alejamiento de cualquier cosa que signifique un hálito de vida. Las inocentes amapolas que comienzan a colorear los arcenes del camino han sido pisoteadas, las margaritas arrancadas y al ver a Cora blande un palo con el que pretende exorcizar al diablo que anida en ella pero que ve reflejado en los demás. No me saca muchos años y parece que le pesan dos vidas sobre sus hombros desnudos de afectos. Nunca fue buena. De pequeña, cuando nos obligaban cestillo de la merienda en mano, a ir a lo que llamábamos colegio, porque hoy a ningún padre se le ocurriría enviar a sus hijos a esa especie de campo de concentración a medio destruir con paredes desnudas y ventanas desencajadas que permitían el paso a todo tipo de bichos y de inclemencias, en esos años de hambres y penurias ella se dedicaba a desperdigar la comida de los demás por suelos mugrientos llenos de inmundicias, a retorcer la cabeza de pajarillos indefensos, a romper las ramas de los frutales por el único placer de destruir. Su padre, demasiado ocupado con las tareas que impone una finca de labor de gran extensión y su madre, inmersa en la vorágine de un hogar de ocho hermanos. Nadie se ocupaba de ella, de corregir esos sentimientos que le nacían de unas entrañas negras de pesares y podridas de indiferencias. Llegó a casarse, creo, y tuvo un hijo al que maltrataba insistentemente. Golpes, moratones, costillas rotas... El marido se cansó y se alejó con el pequeño. Nunca hemos vuelto a saber de ellos. Ella se quedó con una casa que no merecía y un dinero que el marido le dio por lástima. Nunca entendí cómo un hombre bueno pudo enamorarse de semejante monstruo. Nos acercamos a ella, se pone frenética amenazándonos con más furia. Coge una piedra y la arroja, pero en ese cuerpo seco de afectos apenas quedan fuerzas para atinar en su objetivo. Vive sola, amargada, encerrada en un mundo de pesadillas labradas día a día. Sus vecinos la oyen suplicar por las noches o entonar lamentos lúgubres, ayes de dolor fingido. Las noches se hacen eternas en sus quejas y cuando protestan ella se ríe y amenaza con que nunca les dejará dormir. Creo que hoy su maldad se ha tornado locura, pero no por eso daña menos. Fue recluida en un psiquiátrico y su comportamiento fue tan ejemplar y la dejaron marchar. Dicen que la mirada maliciosa cuando traspasó la cancela del recinto era premonitoria de las maldades que pensaba cometer. Cora le hace frente, es la primera vez que la veo rechinar los dientes en señal de amenaza, la mujer se achanta y baja el palo, gira la cabeza y escupe a nuestros pies. Sujeto a Cora, le acaricio la cabeza encrespada.-No te preocupes, a nosotras no puede hacernos daño, ya sólo se hace daño ella-. Continuamos nuestro paseo sin volver la cabeza. Es triste la soledad pero lo es mucho más la maldad.
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